Doscientas sesenta y cinco rupias. Eso es lo que me queda en el bolsillo cuando entro al Salt Cafe Kitchen & Bar, en Preet Vihar, un sábado por la noche que huele a aceite caliente y a cardamomo frito. No es un número catastrófico, pero tampoco es el tipo de número con el que uno se sienta a pedir una cena de despedida sin hacer cuentas debajo de la mesa. Cogí una mesa junto a la pared, donde la madera clara refleja las lámparas colgantes como si el local hubiera sido diseñado por alguien que sabe exactamente cuánto cuesta parecer descuidado.

La idea era simple: cerrar este capítulo de Delhi con algo decente, no un thali apresurado ni el menú por defecto del hostel. Una comida de verdad, en un sitio de verdad, con la sensación de que algo termina. Lo que no había incluido en ese plan era a Théo.

Apareció hace veinte minutos. Literalmente apareció: sin mensaje previo, sin aviso, con esa facilidad suya para materializar en los momentos en que uno ya había dado mentalmente el portazo. Ayer tomamos chai en Connaught Place y me habló de Varanasi con un entusiasmo que entonces me pareció genuino. Esta noche se sienta enfrente y saca el móvil para enseñarme una pantalla: tiene reserva en un guesthouse en Assi Ghat para el martes, el mismo guesthouse que yo había buscado hace tres días antes de decidir que no me cuadraba el presupuesto. Le pregunto cómo lo ha encontrado, y me dice que alguien se lo recomendó en un chai stall. No menciona quién.

Pido el curry de lentejas porque es lo más barato de la carta que no parece triste, y mientras espero hago la aritmética que llevo evitando toda la semana. Once días, tres contratiempos, tres golpes económicos, ciento noventa y cinco rupias que han ido desapareciendo en circunstancias distintas pero con una regularidad que me resulta difícil no notar. No estoy diciendo nada. Solo estoy haciendo cuentas.

Théo pide un pollo tikka y una Kingfisher sin mirar el precio. Eso también lo anoto, sin dramatizar.

Hay algo en este local que me gusta sin que pueda explicarlo del todo: la cocina abierta, los dos cocineros que trabajan de espaldas al comedor con una sincronía que parece ensayada pero no lo es, el olor a ghee mezclado con algo que podría ser cilantro quemado. No es un sitio especial en ningún sentido turístico. Es un sitio de barrio con buenas lámparas y carta plastificada, lo cual me parece más honesto que la mayoría de los restaurantes con pretensiones de Paharganj. El ventilador del techo gira a una velocidad que no refresca nada pero hace un ruido constante y blanco que agradezco.

Me cuenta más cosas sobre Varanasi. Los ghats al amanecer, los barcos de madera, una ceremonia que no se puede fotografiar pero que hay que ver. Lo escucho. También me pregunto, sin poder evitarlo, si el hecho de que Théo sepa exactamente adónde voy antes de que yo lo haya decidido del todo es coincidencia o si simplemente los dos viajamos con el mismo instinto. Me quedo en ese punto intermedio porque no tengo ninguna prueba de nada y porque las acusaciones sin pruebas son una forma cara de equivocarse.

La cena me cuesta ciento diez rupias con el agua. Me quedan ciento cincuenta y cinco.

Théo se va antes que yo, dice que tiene que escribir a alguien. Dejo las monedas encima de la mesa con la precisión de quien ha calculado la propina al céntimo y me quedo un momento más, mirando los dos cocineros que siguen trabajando de espaldas, perfectamente sincronizados, como si yo no estuviera ahí.

Imprescindible en Nueva Delhi, India

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