«Billetera, por favor», dijo el de aduanas, con ese tono que usan cuando ya saben la respuesta antes de que hables. Yo la abrí. La pantalla del móvil mostraba cero con dos decimales, como si necesitara la coma para subrayar el asunto.

Así llegué a Heraklion.

El traslado en sí fue lo de siempre, dos horas en el aire desde Tesalónica, y cuando pisé la ciudad ya iba contando mentalmente qué podía hacer sin gastar nada. La respuesta era básicamente sentarme. Cosa que hice, en la Plateia Eleftherias, en uno de los bancos de piedra que no pertenecen a ningún bar y por tanto no te obligan a pedir nada. Los veladores de los cafés me quedaban a seis metros, con sus manteles blancos y sus precios de temporada alta de septiembre, y yo ahí con la mochila entre las piernas, ajustando la correa izquierda que sigue sostenida por cinta americana desde hace días y que esta mañana amenazó seriamente con ceder por completo.

La plaza en sí no tiene nada de especial. Los kioscos venden periódicos que nadie parece comprar, hay una fuente que gotea más de un lado que del otro, y los locales la cruzan rápido, como hacen en todas partes cuando tienen adonde ir. No es una postal. Es un nodo funcional con palomas y wi-fi intermitente, que es exactamente lo que yo necesitaba para abrir el ordenador y calcular si podía seguir existiendo.

El problema es que hoy también falló algo con las transferencias automáticas, cosa que ya me había pasado hace veinte días y pensé que estaba resuelto. No estaba resuelto. Y encima, antes de salir de Tesalónica, un cargo que no recuerdo haber autorizado se llevó cincuenta euros que yo no tenía de sobra, que vinieron de la reserva mental que guardo para imprevistos, que ahora queda en cero. El resultado es una tarde en Creta sin margen de maniobra y con la correa izquierda de la mochila en situación crítica.

Desde el banco de la plaza se ve el mar si miras en la dirección correcta, y al fondo, sin que nadie te avise, aparece el Castillo de Koules, esa masa de piedra veneciana plantada en la bocana del puerto como si la hubieran dejado olvidada. Lo que no se te dice es que los venecianos aguantaron ahí dentro veintiún años de asedio otomano antes de rendirse, en 1669. Veintiún años. Yo llevo un día en cero y ya estoy haciendo cálculos de supervivencia en un banco público. No es consuelo, es perspectiva, y tampoco es que me cambie mucho la situación, pero al menos hace que el desastre parezca de escala manejable.

Mi hermano dijo que esto era una locura. La frase me vino a la cabeza cuando estaba mirando la fortaleza, no sé por qué, quizás porque él tenía razón en el diagnóstico y solo se equivocó en la conclusión. Una locura es, efectivamente, quedarte sin liquidez el primer día en una ciudad nueva, con la correa de la mochila a punto de rendirse y un fallo técnico que llevas sin resolver más de una semana. Pero él lo decía como si "locura" fuera argumento suficiente para no salir. Yo lo estoy viviendo como un hecho neutro: es lo que hay esta tarde.

La Plateia Eleftherias a las seis de la tarde huele a cigarrillo y a sal, y hay un hombre con sombrero de paja que lleva cuarenta minutos leyendo el mismo periódico en la misma página. No sé si lo está releyendo o simplemente lo tiene de pantalla. El wi-fi volvió a cortarse. La correa aguanta, por ahora.

Imprescindible en Heraclión, Grecia

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