Ayer perdí cincuenta dólares. No de golpe, no con dramatismo, sino de la manera más tonta posible: el bolsillo lateral de la mochila lleva días sin cerrar bien porque la cremallera cedió, y en algún momento entre el autobús y el tramo a pie por Saint Clair Avenue Northeast, un billete de veinte salió volando o se escurrió sin que yo lo notara. Lo descubrí cuando metí la mano buscando el móvil. El veinte ya lo di por perdido ayer. Los treinta restantes me los siguió debiendo el universo, o eso me decía yo, hasta esta mañana, cuando revisé el bolsillo con más cuidado y encontré únicamente un recibo de un supermercado de hace dos semanas y una palomita de maíz que no recuerdo haber comprado. Los treinta dólares no existen. Nunca existieron de otra forma que en mi cabeza como posibilidad de recuperación. Cerrado el asunto.

Me quedan cinco dólares.

Eso no es una frase dramática, es el saldo real de lo que cargo encima en este momento, sentado en una silla de plástico naranja en una cafetería de la avenida que huele a grasa de beicon y a un ambientador de fresa barato que alguien puso demasiado cerca de la caja registradora. El café cuesta un dólar cuarenta. Me lo estoy bebiendo despacio porque no tengo ningún sitio urgente al que ir y porque, francamente, el café no está mal, aunque tampoco merece la fama que tienen estas cafeterías de barrio de Cleveland de ser «el corazón auténtico de la ciudad», esa clase de cosa que escribe alguien que nunca ha tenido que calcular si puede pedir una segunda taza.

La mochila está en el suelo, entre mis pies. El bolsillo roto sigue roto. No tengo para comprar ni una cremallera de repuesto en una mercería, y las que vi ayer en una tienda de todo a un dólar no eran del tamaño correcto. Lo que hice fue atar el bolsillo con el cordón de un auricular viejo que cargo desde hace meses sin saber para qué. Funciona, más o menos: el bolsillo no cierra, pero al menos no cuelga abierto como la boca de un pez. No es una solución, es un aplazamiento, que es básicamente lo mismo que estoy haciendo con todo esta semana.

Afuera, por el cristal sucio de la cafetería, el Terminal Tower asoma entre dos edificios más bajos con esa actitud de monumento que no sabe que lleva décadas siendo el fondo de fotos de turistas. No me molesta. De hecho prefiero verlo desde aquí, con un café de un dólar cuarenta en la mano, que haberlo pagado en algún mirador con precio de entrada. La ciudad tiene esa lógica de las ciudades que saben que no son Nueva York y ya dejaron de intentarlo, lo cual no es un insulto, es casi un mérito.

Hay un hombre en la mesa del fondo que lleva cuarenta minutos revisando documentos con una expresión de quien ha encontrado un error que sabía que iba a encontrar. No habla con nadie. El camarero, un tipo con una camiseta del equipo de los Browns de hace por lo menos diez años, le rellenó el café sin preguntarle, sin mirarle, con la automaticidad de alguien que lleva años calibrado a esa mesa y a ese hombre.

Con cinco dólares puedo pagar otro café mañana y guardar el resto para algo que no sé todavía. O puedo no gastar nada más hoy y simplemente quedarme aquí hasta que la cafetería cierre o el ambientador de fresa me termine de convencer de que necesito aire fresco. El cordón del auricular aguanta. El bolsillo sigue sin cerrar. El recibo del supermercado todavía está en el fondo del bolsillo roto, que es donde van a parar las cosas que uno carga sin razón.

Imprescindible en Cleveland, Estados Unidos

Este post contiene enlaces de afiliados.