Llegué a Regina con el vuelo de la mañana y lo primero que hice al salir fue agacharme a recoger el bolso del suelo porque la cremallera lateral cedió otra vez, la misma de siempre, la que lleva una semana amenazando con abrirse del todo en el peor momento posible. Y bueno: este fue el peor momento posible. No sé exactamente qué cayó durante el trayecto en el taxi desde dónde bajé. Solo sé que cuando llegué al hostel y abrí el bolso para sacar el neceser, faltaban cuarenta dólares en efectivo que guardaba en el bolsillo interior. Cuarenta. El bolsillo seguía ahí, abierto, con el velcro intacto, como burlándose. La cremallera exterior había hecho su trabajo: dejar salir lo que no debía irse.
Ciento veinticinco dólares. Eso me queda. Lo conté dos veces sobre la cama porque uno siempre espera equivocarse a su favor y nunca se equivoca a su favor.
Me quedé un momento sentado sin hacer nada útil, pensando en Edmonton. Ayer todavía estaba allá, en ese café del que no voy a dar más detalles porque no merece más espacio narrativo. Salí de allí con la sensación rara de quien cierra algo que en realidad nunca había llegado a abrirse del todo, y ahora estoy aquí, en una ciudad que no conozco, con ciento veinticinco dólares y una cremallera que funciona exactamente cuando no importa. Es el tipo de continuidad que no pedí.
Salí a caminar porque no tenía otra cosa mejor que hacer y acabé en Albert Street, que es la avenida donde Regina concentra lo poco que tiene de vida propia. Entré en un local que se llama Time Travel, nombre que me pareció pretencioso hasta que vi que por dentro es simplemente un bar con mesas de fórmica y carteles viejos de películas que nadie recuerda. Me pedí un café. El café estaba bien pero no como dicen, es decir, estaba bien para ser un lunes y para ser las dos de la tarde en una ciudad de las praderas donde la gente parece haberse puesto de acuerdo en no tener prisa por nada. La chica que me lo trajo tenía un tatuaje en el antebrazo que representaba algo que no pude identificar, un animal quizás, o quizás una herramienta, y no pregunté porque tampoco era el momento.
Después del café seguí caminando y encontré una especie de comedor pequeño sin letrero visible desde la calle, con cuatro mesas y una señora mayor detrás de un mostrador que vendía borscht a precio de cosa honesta. Pedí uno. Llegó en un cuenco de cerámica rayada, sin adorno, sin la hojita de eneldo que le ponen en los sitios que quieren parecer auténticos, con una cuchara que había visto mejores días y una rebanada de pan blanco al lado sobre un plato de papel. El borscht sabía a remolacha y a caldo de verdad, no a concentrado, y eso ya lo pone por encima de la mitad de las cosas que he comido en las últimas semanas. Me acordé, sin quererlo, de la sociedad gastronómica de Santa Oliva, de las cenas largas donde nadie tiene prisa en sacar los platos y todo el mundo opina sobre el punto de la sal. Esto era lo contrario en forma y lo mismo en fondo: comida sin artificio, hecha para que te dejara de tener hambre.
La cremallera la voy a resolver mañana o pasado. Hay una tienda de equipaje en Broad Street según Google Maps, aunque Google Maps me mintió tres veces este mes, así que lo tomo como una hipótesis de trabajo. Los cuarenta dólares no vuelven. Eso es lo que tiene perder algo por descuido propio: que no hay a quién culpar con comodidad, lo cual es infinitamente más irritante que tener un culpable claro.
El cuenco quedó vacío. Fuera, en Albert Street, alguien pasó en bicicleta con una bolsa de basura amarrada al manillar que producía un ruido rítmico y absurdo contra el asfalto, y lo seguí con la vista hasta que dobló la esquina y desapareció.
Imprescindible en Regina, Canadá
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