«No te puedo prometer nada», dijo el tipo, y lo dijo sin mirarme, lo cual no era exactamente una señal alentadora cuando llevas la mochila sujeta con dos imperdibles y media vuelta de cinta americana desde hace seis días.

Me había acercado a un local de reparaciones en Northeast, sobre Central Avenue, uno de esos sitios que venden llaves en duplicado, tachuelas, y también arreglan bolsos si te pones a preguntar con suficiente paciencia. El dueño, un hombre mayor con los anteojos deslizados hasta la punta de la nariz, examinó la cremallera sin entusiasmo. El slider estaba roto por dentro, los dientes de un lado habían perdido la alineación hace tiempo y la cinta de nailon se estaba deshilachando en el ángulo. «Cuatro dedos de espacio», le dije, señalando el hueco que quedaba en la parte superior aunque cerrara el resto. Se encogió de hombros con la energía de alguien que ha explicado esto demasiadas veces: el slider hay que cambiarlo, pero el modelo es raro, no tiene repuesto exacto en stock, puede intentarlo con uno similar pero no hay garantía de que el cierre quede hermético del todo.

Le pregunté cuánto costaba intentarlo. Doce dólares. Le dije que adelante.

Mientras esperaba sentado en un banco de madera que crujía con cualquier movimiento, entró un hombre con una bolsa de tela y preguntó si arreglaban paraguas. El dueño dijo que no sin levantar la vista. El hombre se quedó parado un momento más de lo razonable, como esperando que la respuesta cambiara, y luego se fue. Fue la interacción más honesta que vi en todo el día.

Lo que no esperaba era reconocer la voz. Ayer, en la calle cerca de Boom Island, alguien me había preguntado si sabía dónde había una ferretería abierta, y yo le había dicho que no tenía ni idea, que llevaba poco en el barrio. Habíamos intercambiado cuatro frases y cada uno siguió su camino. Pero ahí estaba el mismo hombre, de pie en la entrada del local con su paraguas roto, mirándome con ese reconocimiento lento que aparece cuando el contexto no cuadra del todo. «Tú eras el de ayer», dijo, no como pregunta. Le dije que sí. Se sentó en el otro extremo del banco crujiente, con el paraguas apoyado en las rodillas, y mencionó que al final había encontrado la ferretería pero que lo que buscaba no lo tenían. Yo le dije que me pasaba algo parecido con la mochila. Fue una conversación de las que no llevan a ningún lado pero tampoco molestan.

El dueño tardó veinte minutos. Cuando volvió con la mochila, el slider nuevo cerraba mejor, pero quedaba un hueco de quizás un dedo y medio en la esquina superior derecha. No cuatro dedos. Pero tampoco hermético. «Es lo mejor que puedo hacer con lo que tengo», dijo. No lo dijo con orgullo ni con disculpa, simplemente como dato. Pagué los doce dólares y probé el cierre tres veces seguidas ahí mismo, delante de él, con esa manía que uno tiene de testear las cosas en el peor momento posible. Aguantaba. El hueco quedaba, pero aguantaba.

Salí a Central Avenue con la mochila al hombro, y el vecindario tenía esa textura de miércoles de verano que no es festivo todavía pero ya empieza a sentirlo: banderas en algunos porches, un camión de comida que olía a carne asada con algo dulce que no logré identificar, un grupo de chicos en bicicleta cruzando sin mirar. Metí la mano por el hueco de un dedo y medio para comprobar que el neceser seguía adentro.

Seguía.

Imprescindible en Minneapolis, Estados Unidos

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