«Hauz Khas Garden», dije, y el conductor del auto no me miró al espejo retrovisor ni una sola vez. Me dio el precio sin negociar, que ya es toda una declaración de intenciones en esta ciudad.

El jardín estaba abierto cuando llegué, con esa luz de mañana que no dura más de veinte minutos antes de que el calor se ponga serio. Hay un sistema de riego que funciona con aspersores a intervalos, y uno de ellos empapó mis zapatillas casi antes de que pudiera leerlo como señal. Mal comienzo. Me senté en un banco de piedra con la mochila entre los pies, la cinta americana del asa izquierda ya medio despegada de nuevo, y me quedé mirando los parterres.

El jardín es geométrico, muy ordenado, con un cuidado que no me esperaba. Hay trabajadores que van recortando con tijeras de mano, con una concentración que parece casi obstinada. Uno de ellos, un hombre con uniforme azul y guantes de látex demasiado grandes para sus manos, se detuvo a mi lado sin decir nada y señaló el aspersor. «Water», dijo. «Five minutes.» Le pregunté si había un café cerca. Se quedó mirándome, movió la cabeza de ese modo que aquí puede significar sí, no o quizás, y siguió con las tijeras.

Ayer había quedado en algo que todavía no sé si fue un compromiso o simplemente palabras de tarde. El francés del chai dhaba de Paharganj, con el que estuve hablando hasta que se hizo oscuro, me había dicho un nombre, un barrio, una hora que no anoté. Lo llevo en la cabeza como una deuda que no tengo claro que quiera pagar.

El café que conseguí al final no era bueno. Era de esas máquinas de botón que producen algo tibio y marrón que técnicamente se puede llamar café si uno tiene criterio bajo o mucha sed. Yo tenía las dos cosas, así que me lo bebí de pie, mirando cómo los primeros visitantes de la mañana llegaban en grupos pequeños, con termos y esterillas de yoga enrolladas bajo el brazo. Delhi tiene esta particularidad: la gente hace cosas muy concretas en los parques, con un propósito muy claro, y nadie da vueltas por dar vueltas. Me sentí un poco transparente.

He pasado casi toda la mañana ahí. No por placer exactamente, sino porque moverme cuesta dinero y los últimos días han sido una demostración bastante consistente de que esta ciudad tiene una capacidad notable para vaciar el bolsillo sin que uno sepa muy bien cuándo ni cómo. Anteayer fue algo. Hace tres días también. No voy a seguir haciendo la lista porque me pone de mal humor y el jardín, al menos, es gratis.

Lo que me ha entretenido de verdad ha sido observar a un perro que vive ahí dentro, o así lo doy por hecho porque nadie intentó echarlo en ningún momento. Era un perro sin raza definida, con una pata que arrastraba levemente, y pasaba de bancal en bancal con una seguridad enorme, ignorando a los visitantes con una maestría que me pareció admirable. El trabajador del uniforme azul le tiró un trozo de algo cuando pasó cerca. El perro no se detuvo a agradecerlo.

La cinta de la mochila se ha vuelto a despegar del todo por un extremo. La he vuelto a pegar con lo que quedaba del rollo, que ya no es mucho.

Imprescindible en Nueva Delhi, India

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