«Esto ya no es el lugar de antes», me dijo el hombre sentado en el borde del muro de la kora, con las manos sobre las rodillas y sin apartar los ojos de la estupa. Llevaba una chaqueta de forro polar naranja bastante desgastada y un par de bolsas de plástico entre los pies. Yo no le había preguntado nada. Simplemente me había parado un momento porque el ladrillo bajo las suelas estaba desigual justo ahí y no quería tropezar.
El circuito de Boudhanath esta mañana estaba lleno a una hora en que no esperaba tanta gente, peregrinos con rosarios, monjes con el hábito ligeramente sucio por el bajo, turistas con cámaras que valen lo que yo tengo para el resto del mes. He dado tres vueltas. No sé bien por qué tres, supongo que porque la primera la dediqué a calcular cuánto me había costado llegar hasta aquí en términos de lo que ya no tengo, y las otras dos fueron más tranquilas. El olor a mantequilla rancia de los cuencos de fuego es constante, y hay un punto en la parte norte donde coincide con el humo de incienso de un puesto que vende cuerdas de banderas, y esa combinación concreta huele como a ropa vieja quemada, lo cual no es agradable pero tampoco molesta del todo.
La entrada al recinto me ha costado cuatrocientas rupias. No es mucho en abstracto. En el cálculo que llevo en la cabeza desde ayer, después del enésimo golpe económico que se acumuló sobre los de hace tres días y los de hace seis, cualquier cifra que no sea cero tiene un peso diferente. Doscientos dólares. Eso es lo que queda. No lo digo para dramatizar: lo digo porque es el número que aparece cada vez que miro el móvil y que aparece también cuando no lo miro.
El hombre de la chaqueta naranja se llamaba Pemba. Nepalí, vivía en el barrio, venía aquí cada mañana según me explicó con un inglés de frases cortas y pausas largas. En un momento dado me preguntó cuánto tiempo llevaba en Katmandú y cuando le dije que ya bastante, asintió como si eso lo explicara todo. Luego me dijo que conocía a alguien que alquilaba una habitación por semanas «very cheap, very quiet», y me dio un número de teléfono escrito en un trozo de papel que sacó de una de las bolsas de plástico como si lo llevara preparado. No sé si eso era un negocio o un gesto genuino. No sé tampoco si me importa la distinción. Lo que sí sé es que guardo el papel porque no tengo claro si dentro de cuatro días seguiré aquí o no, y eso es exactamente el problema.
He comido en The Melting Pot, en Phulbari Marg, una sopa de pasta con verduras que no era mala aunque el pan de acompañamiento llegó frío. Cuatrocientas cincuenta rupias con el té. Hay un cartel en la pared del local con una foto de alguien haciendo senderismo y abajo dice «adventure awaits», y yo he mirado ese cartel un buen rato mientras esperaba la cuenta porque me parece que hay algo levemente irritante en que te recuerden que hay aventura disponible justo cuando estás calculando si puedes permitirte un segundo té.
La vuelta por Phulbari Marg fue sin incidentes. Un perro con tres patas que cruzó despacio sin mirar a los lados. Un puesto de fruta donde la señora tenía una radio pegada a la oreja y escuchaba algo con mucha atención. Katmandú a esta hora de la tarde tiene esa calidad de sitio que sigue funcionando con independencia de si tú estás o no estás, lo cual no es un reproche sino simplemente una observación que a veces ayuda y a veces no.
El trozo de papel con el número de Pemba está en el bolsillo lateral de la mochila.
Imprescindible en Kathmandu, Nepal
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