Hoy, en Tel Aviv, el sol brilla con una fuerza que se siente casi agresiva. Salí de mi habitación con la intención de explorar la ciudad, sin un rumbo fijo. Las calles están llenas de gente; el bullicio de las conversaciones en hebreo se mezcla con los sonidos del tráfico. A veces, me siento como un intruso entre las risas e interacciones locales. Sin embargo, algo diferente ocurrió.
Mientras caminaba por la calle Shenkin, admirando las boutiques y los cafés, un grupo de personas con cámaras se acercó a mí. Me preguntaron si quería participar en una grabación. Sin pensar demasiado, acepté. ¿Por qué no? Era una opción curiosa. 20 minutos después, me encontré bajo las luces brillantes, intentando seguir las instrucciones de un director que hablaba en un inglés bastante rápido. La transición fue tan rápida que todavía me cuesta creerlo.
El escenario que se montó era una pequeña terraza en un café. Olía a café recién hecho y pan caliente. Me dijeron que solo tenía que sonreír y hacer como si estuviera disfrutando de mi bebida. Lo curioso fue la mezcla de miradas curiosas de los transeúntes; algunos parecían divertidos, otros confundidos, como yo. No sabía si reírme o ponerme serio.
Al principio, estaba entusiasmado, pero después de unas horas, el entusiasmo se convirtió en incomodidad. La repetición sin fin de las tomas comenzó a desgastarme. A cada rato, el director corregía pequeños detalles. “¡Café un poco más cerca de la mesa, por favor!”, “¡Sonríe de nuevo!” y yo ahí, sentado, sintiendo la absurda mezcla de un momento vivido en una ficción casi cómica. Me reía para mis adentros, preguntándome si cualquiera que me conociera podría imaginarme aquí, en esta peculiar situación.
Durante una de las pausas, me senté a un lado y tomé un trago de agua. Vi a los otros extras particularmente conscientes de sus papeles. Una mujer a mi lado se quejaba sobre cómo había perdido la noción del tiempo. Me dio risa cuando dijo que había hecho más horas aquí que en su trabajo normal. Era cierto. A veces, las cosas más impredecibles se vuelven rutinarias, al menos, temporalmente.
Más tarde, la grabación se interrumpió por uno de esos problemas técnicos que parecen seguirme últimamente. El grupo de producción tuvo que reubicar todo; el caos reinó por un momento. Sentí que la frustración de los técnicos se trasladaba a nosotros, los extras. Me abrí a una conversación con un chico que estaba a mi lado. Hablamos de deportes, de cómo el clima siempre le afecta más cuando visita a su madre en el norte. En medio de la incomodidad, hice una conexión genuina. Un respiro en medio del tour frenético que parecía abrumador. Las horas se sentían más ligeras al compartir las rarezas del día de otro.
Al final de la jornada, la experiencia acabó siendo divertida a pesar de lo absurdo. Recogí mis cosas y, cuando el director me agradeció, me dijo que tal vez volverían a necesitarme. De repente, me pregunté si esto se estaba convirtiendo en un trabajo temporal en mi viaje. Algo que parecía fuera de lugar se convirtió en parte de la narrativa de mi tiempo en Tel Aviv. Aquí, en este caos de creatividad, me di cuenta de que la vida puede ser un poco loca y, a veces, eso es lo mejor.
Caminé de regreso a mi hotel, cansado, pero sin duda más despierto ante la vida que me rodea. La ciudad sigue vibrante, con su energía inagotable, recordándome que los momentos más extraños a menudo pueden ser los más divertidos. Sin haberlo planeado, hoy Tel Aviv me enseñó que la vida es difícil de predecir.