El día se desperezaba en Erbil, y yo ya estaba en la calle Qaysari, a pocas manzanas de la Ciudadela. El sol apenas comenzaba a calentar el aire fresco de la mañana. La mezcla del olor del pan recién horneado con el humo de las parrillas me atrapó. Había algo acogedor en ese momento. Pero el entusiasmo no duró mucho. Al introducirme en el bullicio del mercado, me di cuenta de que algo no iba bien. La gente hablaba de un fallo del sistema que había causado problemas en el suministro de mercancías.
Mientras exploraba los pasillos del zoco, noté algunas verduras marchitas en un puesto al azar. El vendedor, un hombre mayor con arrugas que parecían contar historias de días pasados, intentaba venderlas con una sonrisa, aunque jugaba a la defensiva ante los escépticos. Le pregunté si tenía tomates frescos, y su risa fue casi automática. “¡Este es el mercado de Erbil, joven! Todo llega, solo que a su tiempo”. La ironía en sus palabras no se escapó de mis labios, mientras yo pensaba en cómo el tiempo aquí parece tener un ritmo propio.
Decidí comprar un par de pimientos y algunos dátiles. No eran frescos, pero el vendedor me los ofreció a un precio bastante barato. Había algo en sus ojos que me decía que, a pesar de las dificultades, quería ofrecer algo. La transacción, sin embargo, resonó con el eco de mi propio descontento. Estos pequeños gastos acumulados, muchas veces olvidados, ahora comenzaban a pesar en mi bolsillo.
Caminando hacia un café cercano, el humo del shisha se entrelazaba con las risas que provenían de las mesas. Pedí un chai, y observé cómo los grupos de jóvenes discutían con gran pasión sobre fútbol y política. Pero mi cabeza giraba; las múltiples pequeñas pérdidas económicas del viaje me hacían pensar si debería quedarme más tiempo aquí o buscar algún refugio más asequible. Una conversación aquí, otra allá, y el caos del mercado parecía un reflejo de mis pensamientos.
Mientras saboreaba mi bebida, me topé con un pequeño equipo de artistas callejeros que improvisaban una performance. La fusión de sonidos y risas me distrajo momentáneamente de mis preocupaciones. Sin embargo, pronto regresó la sensación de incomodidad, al darme cuenta de que esos momentos no llenaban el vacío que había en mi billetera. Una tarde donde se suponía que debía estar disfrutando de la cultura se transformaba, de a poco, en una contabilidad mental de pérdidas.
Decidí, entonces, dar un paso atrás. En lugar de tener la mente en cada gasto, decidí dejar que el día fluyera. Tengo que aprovechar lo que Erbil ofrece en su esencia. Me dirigí hacia un pequeño taller de alfombras que había notado en mis paseos anteriores. Al entrar, el sonido de las tijeras cortando hilos mezclado con el aroma del tinte me recibió. La maestra de alfombra me mostró una pieza que había estado trabajando durante semanas, los colores vibrantes desbordaban alegría.
Mientras observaba, sentí un impulso de querer aprender sobre el proceso. La mujer me miró con curiosidad y, a pesar de la barrera del lenguaje, se ofreció a enseñarme algunos nudos básicos. Así, pasé las siguientes horas, olvidando mis frustraciones iniciales. La textura de la lana contra mis manos era sorprendentemente reconfortante. Tal vez, los problemas no se resolverían de inmediato, pero había algo medicinal en perderse en un trabajo manual.
Al final del día, volví a la Ciudadela con una sensación mezclada de alivio y confusión, como si Erbil me estuviera hablando en un dialecto enigmático que apenas comenzaba a entender. Las sombras de la incertidumbre todavía acechaban en el fondo. A pesar de no tener respuestas claras para mis cuestiones financieras, el simple acto de vivir en el presente había añadido una capa más rica a esta experiencia. La risa de los artistas, el calor del café y las texturas de la alfombra se convirtieron en los mejores recuerdos de una ciudad que aún guardaba secretos por descubrir.