La correa izquierda de la mochila aguanta con el mismo nudo de cable de velomotor que le hice anteayer, y cada vez que ajusto el peso noto que el plástico del enganche cede otro milímetro. No es que vaya a romperse ya. Es que va a romperse cuando menos me convenga, que es distinto y bastante peor.
Hoy es quince de agosto y Ponta Delgada está en modo festivo total: la Assunção de Nossa Senhora, y los comercios cerrados como si el mundo hubiera acordado parar. Bajé por la Calçada do Cais sin ningún plan concreto porque sin dinero el plan es siempre el mismo: caminar y mirar. El paseo del puerto tenía esa textura rara que tienen los sitios turísticos cuando se llenan de locales, un cruce de dimensiones donde los mismos adoquines sirven para cosas completamente distintas según quién los pise. Familias con niños, señoras con vestidos de misa, algún adolescente en chanclas que claramente no quería estar en ningún sitio. La mañana olía a sal y a algo frito que venía de algún quiosco que sí había encontrado el resquicio legal para abrir.
Fue ahí, cerca del Largo Doutor Francisco Luís Tavares, donde me volvió a cruzar el tipo de ayer. No me acuerdo de su nombre, que me lo dijo pero entre el ruido y mi portugués de emergencia se perdió en algún lugar de la conversación. Lo que sí recuerdo es que ayer me habló de una cosa que estaba organizando, algo con cámaras, algo que sonaba vago a propósito. Hoy me lo explicó con más detalle: estaban grabando un anuncio de no sé qué producto regional, necesitaban caras, y yo tenía pinta de turista auténtico, que es exactamente el perfil que buscaban. «¿Tienes algo que hacer ahora mismo?», preguntó. Consideré la pregunta durante un segundo. No tenía nada que hacer ahora mismo. No tenía nada que hacer en todo el día. Le dije que bien.
Lo que siguió fue unas tres horas que no tengo muy claras conceptualmente. Me pusieron cerca de un puesto de mercado que habían recreado para la grabación, con cajas de fruta de plástico que se veían bastante falsas de cerca pero que supongo que en cámara funcionaban. Mi tarea era caminar, parar, mirar la fruta, seguir caminando. Eso hice, varias veces, con distintos ángulos, mientras un chico con una cámara pequeña y un director que hablaba en portugués muy rápido discutían sobre algo que no llegué a entender. Entre toma y toma me apoyé en una pared de la Rua d'Água y noté que la correa del nudo de cable rozaba con el borde de un portal y cedió otro poco más. Lo apunté mentalmente: esta semana, sin falta, tengo que conseguir algo de cinta americana o rendirme y atar la mochila con una cuerda decente.
Me interesa la tecnología de verdad, no la de los gadgets, sino la de cómo las cosas están hechas y por qué fallan, y hay algo en ver un enganche de plástico inyectado desgastarse en tiempo real que me resulta casi instructivo. El fabricante optimizó el coste por unidad y yo pago el diferencial en comodidad y en tiempo perdido buscando soluciones de campo. Es un fracaso de diseño que nadie va a documentar porque los manuales no tienen sección de quejas.
Al final del rodaje el director me estrechó la mano y dijo algo que interpreté como agradecimiento. Nadie me pagó nada, lo cual esperaba, y nadie me ofreció agua, lo cual no esperaba pero tampoco me sorprendió demasiado. Volví caminando hacia el puerto con la mochila un poco más ladeada hacia la derecha porque esa correa es la que todavía funciona. En el paseo había una familia comiendo bocadillos sentada en el bordillo, y el niño más pequeño tenía un bocadillo más grande que su cabeza. Eso fue lo último que vi antes de doblar hacia el alojamiento, el bocadillo enorme y el niño intentando calcularlo.
Imprescindible en Ponta Delgada, Portugal
Este post contiene enlaces de afiliados.