«Esto no puede ser», dije en voz alta, y no había nadie para escucharme.
La cinta adhesiva que llevaba tres semanas sujetando el asa izquierda de la mochila cedió justo cuando bajaba del autobús en la avenida Nikis, con el golfo de Tesalónica ahí enfrente y el peso de todo lo que cargo cayendo hacia un lado como si la mochila hubiera tenido una opinión propia sobre el asunto. Hace tres días ya había notado que la unión estaba floja, y hace cuatro también, y no hice nada porque uno siempre piensa que aguantará un viaje más.
No aguantó.
Me quedé parado en la acera con el sol de la tarde dando directamente en la nuca, sujetando la mochila con el brazo como si fuera un saco de verduras, mirando el agua. El golfo tiene ese color entre gris y azul que tienen todos los mares cuando no eres turista y no tienes tiempo de apreciarlo. Al fondo se veían las montañas de Pieria, bastante claras para ser septiembre, y unas grúas del puerto a la derecha que dan a este paseo una estética más funcional que postales, lo cual se agradece. Gouda, donde crecí, tiene canales, no mar, y siempre que llego a una ciudad costera hay un segundo en el que el olor del agua me lleva a otro sitio, pero este no era el momento para eso.
El problema concreto era el siguiente: la cinta adhesiva había quedado doblada sobre sí misma, ya sin adherencia, y el aro de plástico que hace de soporte interior estaba medio partido. Sin dinero para comprar nada ahora mismo, y sin saber dónde hay una ferretería en un ciudad en la que acabo de llegar, las opciones eran pocas. Encontré en el bolsillo lateral un cable de carga roto, de esos que uno guarda por si acaso, y lo usé para atar la correa al asa superior haciendo un nudo doble que tiene toda la pinta de durar exactamente hasta que decida fiarme de él. Lo hice sentado en uno de los bancos del paseo, con una señora a mi lado que observaba la operación con una expresión que no era curiosidad sino algo más parecido a la evaluación silenciosa.
El resultado visual es bastante lamentable, pero la mochila se sostiene.
La pregunta que no tengo resuelta es si quedarme aquí, en este tramo del paseo cerca de la zona del puerto, hasta que encuentre algo con qué reforzar el nudo, o moverme hacia Plateia Aristotelous, que está a diez minutos a pie según el mapa y donde intuyo que habrá más movimiento y más posibilidades de encontrar algo útil, pero con el riesgo de que el cable ceda a mitad de camino y termine cargando la mochila debajo del brazo como un paquete. Los dos escenarios son mediocres. Esta mañana en Roma todo estaba en orden. Eso es lo que más me molesta: la velocidad a la que las cosas se descomponen en cuanto cambias de sitio.
Sigo en el banco. La señora ya se fue. El puerto sigue ahí, con sus grúas y su horizonte sin filtros.
Imprescindible en Salónica, Grecia
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