Hay una zona de Yeda donde los edificios dejan de intentarlo. No hay fachadas pintadas, no hay letreros con tipografía cuidada, no hay nada que sugiera que alguien pensó en quién iba a pasar por ahí. Solo galpones de chapa, cables colgados con esa geometría caótica que tienen los cables cuando nadie los planificó, y polvo. Polvo en los márgenes de la carretera, polvo en los quicios de las puertas metálicas, polvo posado sobre los camiones aparcados como si llevara semanas ahí y no tuviera intención de moverse. Llegué a la periferia industrial donde está la fábrica de Orbit Gold a media mañana, cargando la mochila con el brazo derecho porque la correa izquierda cedió del todo ayer y lo que queda es un trozo de tela colgando que no sirve para nada, y lo primero que pensé al ver el paisaje fue que el lugar encajaba bien con cómo me siento esta semana.
No sé bien por qué fui. Supongo que en Gouda, cuando era pequeño, la idea de una fábrica de oro sonaba a algo. Sonaba a industria seria, a maquinaria impresionante, a ese tipo de producción que te hace sentir que el mundo tiene estructura y propósito. Lo que hay aquí es una valla perimetral con alambre en la parte superior, una garita con un guardia que llevaba una botella de agua en la mano y una expresión de persona que ha explicado lo mismo cuatro mil veces, y un cartel que no invitaba a nada. El guardia me vio llegar desde lejos, probablemente porque soy el único que camina por ahí sin uniforme de trabajo ni razón aparente para existir en ese radio.
«¿Tiene cita?», me preguntó, en árabe primero y luego, cuando quedó claro que no había entendido, en un inglés muy parco. Le dije que no, que había venido a ver si era posible entrar, lo cual, dicho en voz alta, sonó exactamente tan absurdo como era. Me miró durante unos segundos con esa pausa que no es hostilidad sino evaluación pura, y luego me dijo que sin cita no hay acceso, que esto no es museo, que si quería visita organizada había que escribir a una dirección de correo que me deletreó despacio y que anoté en mi teléfono aunque los dos sabíamos que yo no iba a escribir a ninguna dirección de correo. Lo que sí hizo, y esto no me lo esperaba, fue señalar hacia un edificio más pequeño al costado del compound y decirme que ahí a veces tienen muestras de producto en un mostrador, que entra quien quiere, que si eso me servía. Me servía en el sentido de que era lo único que había.
El edificio resultó ser poco más que una sala de espera con vitrinas. Había tres trabajadores comiendo dentro, sentados en sillas de plástico naranja con el recipiente de comida sobre las rodillas, y ninguno levantó la vista cuando entré. Una de las vitrinas tenía piezas de joyería sobre terciopelo azul marino y la otra tenía folletos en árabe apilados con ese orden de quien los apiló una vez y no los ha tocado desde entonces. No compré nada, lo cual no requiere explicación dada la situación desde hace días, pero tampoco habría comprado nada con dinero porque el tipo de cosas que hay en una sala así no son el tipo de cosas que uno compra de paso. Me quedé el tiempo suficiente para no parecer que había entrado y salido en pánico, unos cuatro minutos, con la mochila abrazada por delante porque no encontré donde apoyarla sin que la figurilla de bronce que llevo envuelta en un calcetín en el compartimento principal hiciera un ruido inoportuno.
Afuera, el guardia seguía en su garita. Pasé sin mirarlo demasiado. La correa izquierda seguía colgando. El problema de la correa es que no es un problema que se resuelve solo con ignorarlo, y yo lo llevo ignorando desde ayer.
Imprescindible en Jeddah, Arabia Saudí
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