Llevo tres días con la mochila torcida hacia la derecha porque la correa izquierda cedió definitivamente y no hay nada en esta ciudad que se parezca a una tienda de reparación de equipaje. El placard de la habitación tiene un gancho de metal doblado que uso para sujetarla provisionalmente cuando bajo las escaleras, pero en cuanto salgo a la calle la presión lateral me tuerce la espalda y noto que camino compensando, con el hombro derecho más alto. No es dramático. Es simplemente incómodo de una manera muy constante, como una conversación a medias que no termina.

Este domingo la ciudad estaba distinta. Había más gente en la calle de lo habitual para ser mediodía en pleno agosto, y entendí por qué después: mañana es el lunes festivo, ese puente largo que convierte el primer fin de semana de agosto en algo parecido a una fiesta menor. En este tipo de lugares remotos, donde el calendario de actividades externas es bastante escaso la mayor parte del año, ese fin de semana largo produce un efecto desproporcionado. La gente compra más, se mueve más, habla en grupos en los estacionamientos. Hay una especie de energía acumulada que no tiene muy bien adónde ir.

Fui a un mercadillo improvisado que alguien había montado en un lote cercano a la parte comercial, con mesas plegables y cajas de cartón y esa lógica horizontal de vender lo que uno ya no quiere. No tengo dinero para comprar nada, lo cual convierte la visita en algo más parecido a dar una vuelta que a hacer recados, pero eso también tiene cierta utilidad: uno ve cosas, escucha conversaciones, se siente menos encerrado. Había un hombre mayor, con una gorra azul marino desteñida, que vendía mermeladas caseras y unas pequeñas tartas envueltas en film transparente. Me ofreció un trozo de algo que no identifiqué de inmediato, sin etiqueta ni explicación, solo extendió el pedazo en un trozo de papel encerado. Era oscuro, denso, con algo que olía ligeramente a especias y a baya silvestre. No supe si era dulce o salado hasta que lo mordí. Resultó ser una especie de pan de arándanos con jengibre seco, nada empalagoso, con esa acidez que tienen los arándanos del norte cuando no se les añade mucho azúcar. Era bueno, genuinamente bueno, y eso me sorprendió de una forma que no esperaba.

El hombre no me miró mientras lo comía. Miraba hacia otro lado, organizando los frascos de mermelada en una fila más ordenada, y cuando terminé me dijo, sin voltear, que lo hace desde hace quince años con bayas que recoge él mismo en agosto. Dijo también que este año hubo pocas y que puede que sea el último lote. No lo dijo como queja, lo dijo como alguien que está anotando un dato. Me quedé pensando en qué significa eso: si deja de recoger las bayas, nadie hace ese pan, y si nadie hace ese pan, nadie sabe que existió. Cosas que desaparecen sin que nadie lo declare oficialmente.

La mochila me pesó más en el camino de vuelta, o quizás era el hombro ya cansado de compensar. La correa izquierda sigue sin arreglarse. No tengo con qué, y aunque lo tuviera no estoy seguro de que haya dónde. Anteayer, cuando intenté resolver otro problema que se acumulaba desde la semana anterior, ya noté que Goose Bay no es el tipo de sitio donde las cosas se reparan: son el tipo de sitio donde uno aprende a cargarlas tal como están.

Mañana empieza el festivo y la ciudad va a estar un poco diferente, más llena de sí misma. Yo voy a seguir aquí, con la mochila torcida, pensando en ese pan que nadie volverá a etiquetar.

Imprescindible en Goose Bay, Canadá

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