Halifax quedó atrás esta mañana, o eso esperaba yo. Dos horas antes de que el vuelo saliera, me avisaron que había un problema con la conexión en tierra, algo burocrático que nadie supo explicarme bien, y que la salida se retrasaba un tiempo indefinido que resultó ser tres horas y cuarto. Me senté en una silla de plástico naranja con la mochila en el suelo porque la correa izquierda, la que llevo rota desde hace semanas, ya no aguanta el peso colgada del hombro más de cinco minutos seguidos.
Llegué a Goose Bay con la tarde ya empezando a bajar. Primera impresión: una ciudad que no tiene ningún interés en impresionarte. No lo digo como crítica, lo digo como observación. Las calles tienen ese trazado ancho y funcional de los lugares que se construyeron para que la gente trabajara, no para que paseara. Hamilton River Road, que es básicamente la columna vertebral comercial del sitio, tiene el mismo encanto que un catálogo de suministros industriales. Hay un Tim Hortons, un par de gasolineras, algún local de comida rápida. No hay ningún letrero que diga «bienvenido a Labrador» ni nada parecido.
Lo que sí hay, y esto no me lo esperaba, es un Canadair Canso en Loring Drive. Está ahí parado, al aire libre, sin valla ni cartel explicativo demasiado elaborado, como si alguien lo hubiera aparcado hace setenta años y se hubiera olvidado. Es un hidroavión de la Segunda Guerra Mundial y mide más de lo que parece en las fotos, aunque tampoco hay muchas fotos circulando porque este no es el tipo de atracción que aparece en itinerarios. Me quedé mirándolo un rato que fue más largo de lo que planeaba, no por emoción especial sino porque el aparato tiene esa calidad extraña de las cosas que sobrevivieron a algo para lo que no estaban diseñadas exactamente.
La correa sigue rota. Esto es relevante porque mientras miraba el Canso pensé, con una lógica bastante circular, que aquí iba a ser difícil encontrar algo con qué arreglarla. Y tenía razón. No es que haya tiendas de equipaje de montaña en Goose Bay. Hay una ferretería en la que pregunté si tenían remaches o hebillas de nylon y el señor detrás del mostrador me miró con la expresión de alguien a quien le preguntan algo completamente razonable que sin embargo no tiene en stock. Me dijo que podía probar con cinta americana. Tenía cinta americana. No tenía dinero para comprar cinta americana.
Eso es lo otro. Llevo varias semanas acumulando contratiempos, el último anteayer justo antes de salir de Halifax, y el resultado práctico es que el margen de maniobra es prácticamente nulo. En este tipo de ciudades, donde todo tiene un precio de frontera y no hay mucho donde elegir, eso se nota más que en otro sitio. Comer algo que no sea lo que traía en la mochila es una ecuación que no cuadra esta noche.
Lo que me llama la atención de Goose Bay es que la ciudad parece estar perfectamente cómoda con su propia incomodidad, o más bien con la idea de que la incomodidad no es un estado transitorio sino el estado normal de las cosas. Hay algo que reconozco en eso, aunque no sé si es un pensamiento útil o simplemente la clase de conexión que uno hace cuando está cansado y tiene el hombro derecho sobrecargado por compensar el izquierdo.
El Canso estaba ahí cuando oscureció un poco más. Seguía igual de quieto, lo cual era de esperar. Me gustó que nadie hubiera decidido pintarlo de colores vistosos para hacerlo más atractivo al turismo, que por otro lado no parece existir en ningún volumen significativo por aquí. La correa izquierda cuelga, inútil, de la hebilla rota. Mañana veré qué se puede hacer con eso.
Imprescindible en Goose Bay, Canadá
Este post contiene enlaces de afiliados.