La bolsita interior de la mochila, la que cierra con una cremallera pequeña, lleva rota desde el martes. Lo sé porque fue el martes cuando noté que algo no encajaba bien al cerrarla, y lo ignoré, que es exactamente lo que hago con la mayoría de las cosas que empiezan a fallar. Esta mañana, parado en el paseo que bordea el río Cuyahoga, con esa luz plana y gris que Cleveland tiene cuando no ha decidido todavía si lloverá o no, metí la mano para sacar los veinte dólares que guardaba ahí desde Boston y no había nada. Ni los veinte dólares. Ni el recibo del hostel. Ni el papel doblado donde anoté el nombre del tipo que ayer me dejó su número de teléfono en un bar de West 25th antes de salir corriendo porque lo llamaron por su nombre desde el otro lado de la sala. Nada de eso. Solo el forro de tela suelta.
No es dramático. Es tedioso, que es peor.
Me quedé un rato junto al río porque no tenía ningún sitio adonde ir con urgencia. El Cuyahoga desde ese paseo no es bonito en ningún sentido convencional: hay grúas que no se mueven, un puente de acero pintado de naranja que ya no es exactamente naranja, y el agua que refleja el cielo gris con una fidelidad que casi parece intencional. No hay gente a las nueve de la mañana en ese tramo. Eso me gustó. No porque me sintiera conectado con nada, sino porque me cansé de tener que explicarme en voz alta el estado de las cosas.
El problema del papel con el número de teléfono es que no recuerdo el nombre del tipo. Sé que se llamaba algo con D, que trabajaba en algo relacionado con cocina industrial o distribución de cocinas, algo así, y que me había dicho que conocía un restaurante en el East Side donde hacen galbi al estilo coreano con una salsa que, según él, no existe en ningún otro sitio de Ohio. Que un desconocido te diga eso en un bar a las once de la noche te genera una expectativa concreta, y la cremallera rota se llevó esa expectativa junto con los veinte dólares.
Fui a Danny's Deli en la calle Payne porque era lo más cercano que tenía anotado y porque necesitaba café y algo que masticar mientras pensaba qué hacer. El café estaba bien, sin más. Me trajeron un sándwich de pastrami que venía con una cantidad de mostaza que nadie me pidió autorización para poner ahí, pero me lo comí entero porque no estaba en posición de tener criterios. El hombre que atendía la caja no levantó la vista en ningún momento del turno completo que estuve sentado. Eso también me gustó, aunque por razones distintas a las del río.
La situación objetiva es esta: sin efectivo, sin número de teléfono, en una ciudad que lleva semanas lanzándome contratiempos como si tuviera una lista, y con una mochila que tiene la cremallera rota desde el martes. Podría volver al bar de West 25th y preguntar si alguien conoce a un tipo con nombre que empieza por D que trabaja en algo de cocinas. Eso suena a una conversación que no termina bien. O puedo asumir que el galbi de Ohio es una promesa que se fue con el forro de tela y los veinte dólares, y buscar la manera de resolver lo más concreto primero.
Compré hilo y una aguja en una ferretería pequeña en la avenida East 9th, dos dólares y pico que pagué con monedas del bolsillo del pantalón. La cremallera no tiene arreglo real pero al menos puedo coser el forro para que no se caiga todo lo demás. Me senté en un banco cerca del puerto a intentarlo. El nudo me quedó torcido y la tela arrugada, pero sostiene. Por ahora.
Imprescindible en Cleveland, Estados Unidos
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