El sol pega oblicuo en la Corniche y la servilleta ondea sobre la mesa, empapada de limón y aceite, con un pasaporte verde gastado encima que no me esperaba. Lo noto porque intento apartar una gamba con la punta del tenedor y los bordes de la cubierta rozan la madera, pegajosos por el humo del plato; no es el gesto que planeé para la tarde pero ya estoy aquí y lo agarro con cuidado.
La primera decisión es automática y práctica: lo dejo a la vista, no lo meto en la bolsa ni lo abro, y llamo al puesto de mariscos para preguntar si alguien lo dejó. La mujer detrás del mostrador me mira con cierta indiferencia, tiene las manos manchadas de carbón y dice que no, que ella no lo vio llegar, lo cual me parece raro porque el asiento junto al mar suele ser vigilado por los puestos. No me gusta nada esa distancia en su voz, su forma de no mirar el pasaporte, y entonces me planteo otra opción menos confrontativa: escribir una nota corta y pegarla con cinta en el borde de la mesa, junto al documento. Lo hago con el bolígrafo que llevo en la libreta; la tinta se corre un poco por el vapor del plato, pero la nota queda legible: "Pasaporte encontrado. Preguntar en este puesto". Pequeño gesto, bajo coste, evita una discusión que no necesito.
Mientras espero a ver si alguien reclama, ojo el plato que no pedí: camarones con la piel algo quemada, jugo que chisporrotea cuando aprieto el limón contra la cáscara. El aroma es casi agresivo, salado y ahumado a la vez, y noto cristales de sal gruesa pegados en la punta de uno, como si alguien los hubiera dejado deliberadamente para que se viera rústico. No me encanta la presentación popularizada —la madera mordida que usan aquí para soportar platos humeantes—, pero el sabor me sorprende, porque el primer bocado corta el humo con una dulzura que no esperaba. Digo en voz alta, como para mí, "no está mal", y la frase me suena demasiado controlada, como apropiada para no generar más conversación.
Hay un riesgo real que se instala: si nadie aparece, ¿qué hago con el pasaporte? No puedo quedármelo, obviamente, y tampoco tengo ganas de iniciar un trámite en comisaría si con pocas llamadas se resuelve. Decido una tercera cosa: llevar el pasaporte al puesto mayor, el que tiene una placa metálica y una radio, visible desde la promenade. Es una caminata corta —poca energía gastada— y me obliga a dejar el plato, lo cual me irrita un poco porque estaba caliente y justo estaba mejorando. El puesto mayor acepta recibirlo sin burocracia; el hombre anota algo en un cuaderno polvoriento, dobla la servilleta con cuidado y la guarda en una caja marcada con una etiqueta escrita a mano en árabe y en inglés. No puedo leer la etiqueta pero la caja está al alcance, sobre una estantería frente al mar; lo que hago me parece una solución práctica y legal, y eso calma la tensión que llevaba desde la mañana.
Mientras camino de vuelta, distingo el muelle de Al Falah en la distancia, pequeños barcos como uñas contra el horizonte, y el olor a aceite y pescado que sube hacia la Corniche; registro que la ciudad huele diferente cuando el sol empieza a declinar, menos a gasolina y más a sal. Me pregunto quién dejó el pasaporte ahí: un turista despistado, un trabajador que necesitaba aire, algo más banal. No intento imaginar caras porque es inútil y proclive a prejuicios; me aferro a la realidad tangible, al cuaderno polvoriento del puesto y a la caja con la etiqueta.
La consecuencia directa de dejar el documento en el puesto es inmediata: alguien del control se acerca a los restaurantes con un megáfono improvisado y pide a gritos, en inglés entrecortado, que el dueño del pasaporte se presente en la caseta. No se forma una escena exagerada; aparece un tipo sin prisa, revisa la caja, confirma que es suyo y se va con la documentación sin dramatismos. Fue un cierre práctico, sin vértigo, y me quedo con el plato medio frío y una sensación de control recuperado.
Antes de marcharme tomo una foto rápida del plato, enfocando en la corteza quemada de las gambas y desenfocando todo lo demás; la portada de cuero verdoso queda borrosa en la esquina de la mesa, apenas un indicio. Me limpio las manos con la servilleta que no tiene ya pasaporte encima, y camino por la Corniche con la luz en los ojos y la decisión simple de no complicar más la tarde.
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