Seis días en Halifax y la mochila todavía va en la mano, colgada del asa superior porque la correa cedió hace ya demasiado y nadie aquí parece vender repuestos para este modelo concreto. No es un drama, pero es el tipo de incomodidad que se va enquistando: el peso en la muñeca, el brazo que cambia cada veinte metros, la forma en que todo lo demás empieza a doler un poco más de lo necesario.
Esta mañana bajé por Lower Water Street hacia el puerto sin propósito especial, que es la única manera decente de moverse cuando no puedes comprar nada y lo sabes desde el momento en que sales. El agua estaba quieta y de un gris verdoso que no tiene nada de bonito pero tampoco pretende tenerlo, que es una cosa que le agradezco a este puerto: es funcional, huele a sal y a gasoil, y no está decorado para turistas. Había una barcaza amarrada con los costados oxidados en tres tonos distintos de marrón y alguien había pintado un número de serie en blanco directamente sobre el casco, con brocha gorda, sin cinta adhesiva ni nada. El resultado era exactamente lo que te imaginas.
El problema apareció cuando quise tomar el bus de vuelta al barrio. Tardé cuatro minutos en darme cuenta de que la tarjeta no estaba. La busqué en el bolsillo delantero del pantalón, en el bolsillo trasero, en la cremallera interior de la mochila que ya llevaba abierta porque la exterior tiene el cierre flojo desde hace días. Nada. La tarjeta de transporte, que es lo único que me queda operativo en este momento, desaparecida en algún doblez del forro roto de la mochila o tirada en algún sitio entre el hostal y el muelle. No tengo forma de saber cuál de las dos opciones.
Volví andando. Cuarenta minutos con el sol de julio aplastando sobre Barrington Street, la mochila en la mano derecha, sudando más de lo razonable. En verano echo de menos la playa, la sensación concreta de meterme en el agua y que el calor deje de ser un problema inmediato. Aquí el agua está ahí, visible desde casi cualquier punto del paseo, pero no es una playa: es un puerto de trabajo con señales de prohibido el paso cada cincuenta metros. El mar pero no el mar. La idea del alivio sin el alivio.
Revisé la mochila otra vez al llegar. Vacié el compartimento principal, el secundario, el bolsillo de la tapa. Encontré un cable de cargador que no reconocí como mío, un mechero sin gas, y un recibo de lavandería de hace cuatro días que tampoco recordaba guardar. La tarjeta no apareció. Lo anoté como perdida y punto, porque no hay más opciones concretas disponibles: no puedo reponer nada hoy, y el forro roto seguirá roto mañana.
Lo que me molesta, más que la tarjeta en sí, es el patrón. Ayer ya tuve que resolver algo que no debería haber necesitado resolución. Hace cuatro días, otro problema distinto pero con la misma textura, la sensación de que la tarde entera se va en gestionar un desperfecto que no tendría que haber ocurrido. Cuando se acumula así, cada cosa nueva ya no llega sola: llega con todo lo anterior pegado encima, y el peso es diferente.
El puerto seguía igual cuando salí a sentarme un rato fuera antes de que oscureciera. La barcaza marrón en el mismo sitio. Alguien había dejado una taza de plástico naranja en el bolardo más cercano al agua y el viento la movía un poco sin tirarla.
Imprescindible en Halifax, Canadá
Este post contiene enlaces de afiliados.