La taza era pequeña, con una mancha de té en el borde y el barniz levantado, y en cuanto se me escapó pensé que otra cosa más iba a romperse hoy. Estoy en un puesto de chai en la Corniche de Ad Dammam, sentado en una mesa pegada a la pared que tiene adhesivos ajados, y el vaso quedó apoyado entre mis dedos, tibio y pesado, y con una línea de lipúteo que delata un desayuno demasiado apurado.
No me impresiona la ciudad hoy, y sí, lo digo así de bruto: el paseo marítimo tiene buena vista pero demasiado viento para el pelo, los vendedores repiten la misma oferta y el chai aquí es correcto, no milagroso. El dueño del puesto, un tipo que no mira a la cara cuando toma el dinero, me da la taza con cuidado y sin sonrisa, y eso me cae mejor que los que sonríen por obligación. Juicio uno: los platos metálicos hacen ruido cuando los apilan, mal sonido para un lugar que pretende ser tranquilo; juicio dos: la última vez que alguien me dijo "aguanta" fue para tardar, aquí la palabra sí vale; juicio tres: el panecillo con cardamomo estaba seco, deberían calentarlo un poco más porque no todo necesita ser austero.
Tengo que aclarar algo práctico: llevo en la cartera 455.00 en la moneda local transformada mentalmente, y me siento con energía en 71 por ciento, no igual de rápido que la semana pasada pero todavía con manos firmes; el riesgo lo noto en 26, que se traduce a que no voy a dejar la mochila en el suelo ni a fiarme de ningún desconocido con papeles. Lo digo porque los retrasos de las últimas semanas y ese fallo del otro mes me dejaron más cauteloso, menos propenso a inventar historias; menos paciencia, sin más drama.
Mientras pago me topé con un papel olvidado sobre la mesa: un recibo arrugado, tinta corrida, un sello que no se lee. Lo recojo, lo abro por cortesía y lo ojeo: es de un pedido de comida, línea de teléfono medio borrada, algo que no es mío pero que podría confundirle la vida a cualquiera que lo encuentre y lo meta en la cartera por costumbre. Aquí está la decisión que obliga: me lo guardo para evitar que alguien piense que me lo llevé, o se lo doy al dueño del puesto. Le pregunto rápido, señalando la mesa; él mira el papel, hace un gesto casi mecánico y me pide que lo deje junto al jarro del azúcar, que él se encarga.
Consecuencia tangible: lo pongo sobre el azucarero con cuidado y él lo recoge, lo dobla y lo guarda dentro de un cajón con otros papeles. No es una gran heroicidad pero cerrar esa mínima incógnita me afloja el nudo de la desconfianza, y además evita que otra persona venga después con una queja sobre "mi pedido". Pequeña escena resuelta, sin investigación ni papeleo, nada que deje hilo abierto.
El lugar huele a té fuerte, a aceite de fritura cercano, y a un desinfectante barato que alguien roció en la mesa esta mañana; la mezcla no armoniza pero te mantiene en estado de alerta. Un detalle que nadie destacaría en una guía: la lámpara bajo la marquesina tiene una bombilla que parpadea cada tres segundos y ese parpadeo hace que el color del chai cambie, a ratos parece más amarillo, a ratos casi naranja, lo cual confunde al ojo cuando intentas juzgar si la bebida está lista. Me fijo en eso porque me aburro de clasificar lugares como "buenos" o "malos"; aquí hay pequeños defectos humanos que lo persiguen todo.
Una mujer pasa por la calle con una caja de cartón y la tapa rota; el repartidor la saluda rápido y ella no responde, solo aprieta la caja contra el pecho, y pienso que esa falta de reciprocidad también forma parte del paisaje. No hablo con ella, no cambia la historia, solo anoto la escena en mi cabeza como quien apunta un dato en un cuaderno. Me echo el chaleco porque el viento es una lápida fría y la taza ya está vacía; al salir me detengo un segundo en el umbral, saco el móvil y borro una foto interior que no me gustó porque la profundidad de campo quedó mala: rostro, manos, fondo borroso, luz cálida, texturas marcadas, así la quería pero no quedó bien.
Salgo hacia la Corniche otra vez, sin plan, con el bolsillo más ligero en papeles pero con la sensación de haber cerrado algo pequeño y práctico. La lámpara parpadea una vez más mientras la puerta se cierra detrás de mí y me quedo con esa imagen fija: luz intermitente, taza vacía, papel doblado en un cajón.
Imprescindible en Jamnagar, India
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