La cremallera de la mochila lleva atascada desde anteayer y no termino de arreglarla: la paso con los dedos hacia delante, hacia atrás, y en algún punto entre los dos movimientos se traba en el mismo sitio de siempre, a tres centímetros del cierre. La llevo apretada contra el costado cuando camino, como si así fuera a aguantarse sola.
Hoy bajé por 104 Street a pie porque el trayecto en bus no vale el gasto. Doscientos metros después de donde termina el mercado de los sábados, el barrio cambia de registro sin aviso: una taquería con el cartel manuscrito en marcador negro, al lado una carnicería con el vidrio empapelado de etiquetas en coreano, al lado un local de comida etíope que no tiene nombre visible desde la calle, solo una flecha pintada a mano señalando la puerta lateral. Me paré delante de la flecha un momento más de lo razonable porque no sabía si el local estaba abierto o si la flecha era de cuando había otra cosa.
Estaba abierto. Entré.
El menú era una pizarra escrita en inglés con varios platos tachados, lo cual me redujo las opciones a dos. Pedí el más barato de los dos: una especie de estofado de lentejas servido sobre injera, siete dólares. El injera tenía ese sabor ácido que o te gusta desde el principio o nunca te acaba de convencer, y a mí me gusta, así que eso fue bien. Lo que no me convenció tanto fue que el estofado llegó tibio, no caliente, como si llevara un rato esperando a alguien. El cocinero era visible desde la mesa a través de un paso abierto hacia la cocina: un hombre de unos cincuenta años que en ningún momento levantó la vista del fogón. Ni cuando entré, ni cuando pedí, ni cuando terminé. No sé si era concentración o desinterés, pero la consistencia era total.
Pagué y salí. Seguí caminando hacia el sur por la misma calle.
Fue en el tercer bloque donde vi el letrero que no voy a olvidar pronto: una hoja impresa en A4, pegada con cinta americana al interior de un escaparate, que anunciaba "Almuerzo de negocios: sopa, principal, y postre, $12". La palabra "principal" estaba escrita "prinsipal". El local detrás del cartel tenía las sillas subidas sobre las mesas. No había nadie adentro. El letrero llevaba tiempo ahí, eso se veía en el color del papel, ya levemente amarillado en los bordes. Me pregunté si alguna vez el almuerzo de negocios había funcionado, si alguien había venido con su carpeta y su orden del día a ese local con las sillas en el aire.
Anoté la dirección en el teléfono. No por nada concreto, sino porque quiero volver en otro momento a ver si el local abre algún día, si cambia el cartel, si alguien baja las sillas. Es el tipo de detalle que en tres semanas puede haber desaparecido o puede haberse convertido en otra cosa completamente distinta, y las dos opciones me parecen igual de probables.
En 82 Avenida, antes de dar la vuelta para volver al norte, me metí en una cafetería de cadena a sentarme diez minutos. Café solo, dos dólares con algo. El vaso de papel tenía dibujado en la espuma un árbol, pero el barista lo había girado y quedaba al revés: un árbol con las ramas hacia abajo y las raíces mirando al techo. No creo que fuera intencional. Me lo tomé de todos modos.
Imprescindible en Edmonton, Canadá
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