La terminal de bici-compartida de la calle Miaojian tiene una pantalla que parpadea en naranja. No sé cuánto tiempo lleva así. El hombre que barrería el carril si hubiera basura que barrer tampoco lo sabe, me ha mirado encogiéndose de hombros, y ha seguido mirando el río como si yo no existiera.
He probado la app tres veces. Las tres, el mismo resultado: carga, carga, carga, y después una pantalla en blanco con un código de error que no está en ningún manual. El QR de la terminal tampoco responde al móvil. He intentado pagar con la tarjeta por si era cosa del lector, pero la ranura tenía un papel plastificado pegado encima que decía algo que no he sabido leer, probablemente «fuera de servicio» desde hace días. Esta es exactamente la clase de avería que no está en el cartel de avisos pero que todo el mundo del barrio ya conoce y da por hecha.
Así que he andado. El carril ciclista tiene metro y medio de asfalto liso, perfectamente pintado, y lo he ocupado yo solo con mis zapatillas mientras a mi izquierda pasaban chicos con bicicletas eléctricas y algún señor mayor en un triciclo de carga que llevaba lechugas envueltas en plástico. El río Fen a esta hora de la tarde tiene ese color entre marrón y gris que solo queda bien en fotografías en blanco y negro; en color parece descuidado, como si alguien hubiera prometido limpiarlo y nunca hubiera llegado a hacerlo. Los álamos están amarillos del todo, cosa que no esperaba, y la luz de las cuatro de la tarde les da un aspecto casi decente.
He sacado el móvil, que por suerte seguía con batería después del espectáculo de la terminal, y he ido fotografiando tramos del carril: el bordillo, la señalización, los bancos de cemento con la pintura desconchada, un tubo de escape improvisado que alguien ha atornillado a la barandilla sobre el río sin ningún permiso aparente. Documentar cosas que nadie documenta es lo más parecido que tengo a un plan de trabajo desde que llegué a esta ciudad. Ayer me pasó algo en ese contexto que todavía no sé cómo clasificar, un cruce breve con alguien que no esperaba volver a ver, y hoy he necesitado caminar un rato largo mirando hacia el agua para empezar a aclarármelo.
No me lo he aclarado.
El segmento entre Miaojian y el puente que sigue al norte tiene unos dos kilómetros. Los he andado dos veces porque al llegar al puente he visto que la orilla contraria tiene otro carril, más estrecho, y he cruzado para mirar desde allí. El Fen visto desde ese otro lado es básicamente lo mismo pero con menos gente, que es a veces todo lo que hace falta. Había un hombre con un palo de selfie fotografiando los álamos con una seriedad absoluta, en posición de firme, la mandíbula apretada, como si los árboles fueran a moverse si no les imponía respeto.
No he comido nada desde las diez de la mañana y lo he notado al tercer kilómetro. Con lo que llevo encima podría permitirme algo pequeño en uno de los puestos de la orilla, pero los que he visto estaban o cerrados o vendiendo cosas fritas que huelen muy bien y que en otro momento habrían sido una opción, y en este momento también lo son aunque me fastíe reconocerlo. He cogido dos brochetas de algo que no he preguntado qué era. Estaban bien. El puesto no tenía nombre visible, solo un número de WeChat pegado en la pared con celo transparente ya amarillento.
La terminal de la calle Miaojian seguía parpadeando en naranja cuando he pasado por delante de vuelta.
Imprescindible en Taiyuan, China
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