«No, no tenemos ese tipo de remache», dijo el hombre de la ferretería en la Praça do Município sin levantar la vista del mostrador, como si estuviera respondiendo a una pregunta que le harían veinte veces al día. Eran las diez de la mañana en Vila Baleira, primera mañana aquí, y yo ya llevaba media hora cargando el macuto sujetado con el brazo derecho como un saco de patatas porque la correa izquierda cedió ayer al salir de Ponta Delgada y desde entonces la mochila cuelga en diagonal y golpea la cadera en cada paso.
El hombre sí tenía cinta americana. Color rojo, de una marca que no reconocí, guardada en un cajón junto a tuercas sueltas y una tijera oxidada. Me cobró lo que equivalía a casi todo lo que tenía en el bolsillo. Acepté, porque la alternativa era seguir caminando doblado hacia un lado por una isla que no conozco y sin presupuesto para nada mejor.
Vila Baleira es pequeña de una manera que intimida un poco cuando llegas con los recursos a cero. No es que sea un pueblo cerrado, es que es un pueblo completo y cerrado al mismo tiempo: el Continente está muy lejos, los precios en los supermercados de la Rua Doutor Nuno Silvestre Teixeira son de isla atlántica sin disculpas, y la escasez que traigo encima se nota más aquí que en una ciudad con veinte opciones por manzana. Me senté en un banco de la plaza a envolver los puntos de rotura de la correa con la cinta roja, y un señor mayor que pasaba me miró con la expresión de quien ha visto cosas peores y sigue caminando.
La reparación es provisional y lo sé. Con tensión aguanta, sin tensión se abre. Funciona si no cargo demasiado peso y si no llueve, dos condiciones que en una isla volcánica del Atlántico tienen fecha de caducidad incorporada.
Ayer, antes de salir de Ponta Delgada, perdí cincuenta euros de una manera que todavía no he terminado de procesar: una transferencia que no llegó a donde tenía que llegar, un sistema que dio confirmación y luego simplemente no funcionó, sin explicación y sin reversión posible. Hoy intenté rastrear el movimiento desde el teléfono, buscar el hilo de la transacción, contactar con la plataforma. La plataforma no respondió. El formulario de incidencias cargó hasta la mitad y se quedó ahí, girando. Llevo días así con esas gestiones: la semana pasada el mismo sistema tardó cuatro días en reconocer una operación, hace cuatro días otro fallo diferente. No es que tenga mala suerte con la tecnología. Es que la tecnología en cuestión es francamente mala y yo sigo usándola porque no tengo alternativa visible.
El horizonte desde la parte alta de la plaza es de agua gris y roca oscura. Las casas blancas suben por el cerro detrás del casco histórico como si alguien las hubiera colocado con cuidado hace cien años y nadie hubiera movido nada desde entonces. Hay algo funcional en la escala de esta ciudad, algo que te obliga a leer el terreno en lugar de distraerte con la masa. Vi dos barcas de pesca varadas en la orilla, con las redes extendidas al sol, y me quedé mirando más tiempo del normal porque en algún rincón del cerebro empecé a calcular si hay manera de ofrecer trabajo en ese tipo de contexto sin saber nada de pesca ni de portugués de isla.
La cinta roja aguantó toda la tarde. La mochila sigue torcida pero se mueve. Mañana voy a entrar en cada bar de la Rua Doutor Nuno Silvestre Teixeira antes de las ocho, cuando todavía está descargando mercancía, y voy a preguntar directamente si necesitan a alguien para lo que sea.
Imprescindible en Vila Baleira, Portugal
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