Salí de mi rutina diaria sin darle muchas vueltas. En un momento de impulsividad, decidí visitar Ad Dammam, un lugar que nunca había explorado antes. La idea de probar auténtica comida saudí me emocionaba. Sin embargo, había una voz en mi cabeza que murmuraba dudas sobre si esta escapada sería tan placentera como imaginaba, especialmente considerando los contratiempos recientes que había tenido en otras expediciones.

Al llegar a la ciudad, el aire caliente y seco me recibió de inmediato. Las calles estaban llenas de autos y el murmullo de la gente se mezclaba con el sonido lejano de un mercado que parecía estar en pleno apogeo. Caminé por una ruta llena de pequeños comercios locales que ofrecían especias aromáticas y frutas frescas. No podía evitar que mis sentidos se agudizaran: los vibrantes colores de los puestos eran casi hipnóticos. Decidí que lo primero que debía hacer era encontrar algo de comida.

Después de un rato buscando, escuché risas que provenían de un restaurante pequeño con una terraza al aire libre, donde unas mesas de madera estaban llenas de familias compartiendo platos enormes. Me acerqué y, tras un breve momento de desconcierto, me senté en una mesa sola. Miré el menú y, aunque al principio quería ser astuto y pedir solo lo básico, finalmente me dejé llevar por las recomendaciones del camarero. Pedí un plato llamado kabsa, lleno de arroz y carne, con un toque de especias que prometían un sabor inolvidable.

Mientras esperaba mi comida, observé la escena a mi alrededor y, de repente, sentí una punzada de ansiedad. No había una manera de comunicarme bien, y me preocupaba que el camarero no entendiera mi acento al hacerle preguntas sobre el plato. Justo en ese momento, un niño que estaba en la mesa contigua miró hacia mí y sonrió. Regresé la sonrisa, un pequeño gesto que pareció romper el hielo en el ambiente. La madre del niño hizo un gesto amistoso y, en un intento de conectarme mejor, les pregunté en inglés sobre sus platos. Por suerte, hablaron un poco de español, lo que hizo que la conversación fluyera y me sentí un poco más aliviado.

Cuando llegó mi plato, no pude evitar sentir miedo de que no estuviera a la altura de mis expectativas. Sin embargo, al primer bocado, supieron disiparse mis temores. El sabor del kabsa era un matrimonio perfecto de especias que nunca había experimentado y, casi involuntariamente, me encontré disfrutando y haciendo comentarios sobre la comida con la familia vecina. Me sentía más cómodo y menos aislado. La conexión que había logrado con ellos a través de la comida era inesperada, algo que jamás imaginas podría suceder en un lugar tan lejano.

Pero, al llegar a la mitad de mi comida, mi celular vibró. Era una notificación que me recordaba que mi tiempo en la ciudad era limitado y que tenía que regresar pronto. Un sudor frío recorrió mi frente. El tiempo avanzaba más rápido de lo que esperaba. ¿Debía apresurarme y dejar la comida a medias, o sería mejor sacarle el máximo provecho a mi nuevo encuentro? Decidí quedarme un poco más y terminar el kabsa. Esa decisión me tendría que costar el tiempo para ver algún otro punto de interés de la ciudad, pero, ¿qué había de más importante que un buen plato de comida acompañado de risas?

Finalmente, tras despedirme de la familia y satisfacer mi apetito, me levanté de la mesa con cierta satisfacción. Aunque sabía que perdería la oportunidad de explorar más de Ad Dammam, el encuentro y el sabor de esa comida me dejaron con una historia que contar. Aprendí en ese momento que a veces las decisiones más pequeñas, como elegir quedarte un rato más, pueden llevarte a momentos mucho más significativos que la mera visita a los lugares turísticos. Así que, con el sabor del kabsa aún en la boca, me dirigí a la siguiente parada, sabiendo que cada rincón de esta ciudad guardaba sus propias sorpresas.

Imprescindible en Ad Dammam, Saudi Arabia

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