Al aterrizar he cogido lo que tenía más a mano: una mochila con lo justo y un nombre anotado en el móvil, TSC Circle, que el tipo del hostel de Katmandú me había marcado con el dedo en el mapa antes de salir. Ayer todavía estaba en Thamel, con el chai de Priya Sharma aún rondándome el paladar y la recomendación de ese templo guardada en un papel doblado que no sé muy bien qué voy a hacer con él, porque hoy ya estoy en otro país y hay cosas que se quedan atrás cuando cierras la puerta. Dhaka en cambio no se anuncia despacio: el calor llega antes que el tráfico y el tráfico llega antes que cualquier otra cosa.
Shahbag no es un barrio que te seduzca de entrada. Es un nudo, un punto donde la ciudad converge sin pedirte permiso: autobuses que no aminoran, puestos de libros apilados hasta una altura que parece estructuralmente imprudente, y en el centro de todo eso el TSC Circle con su escultura del Raju Memorial rodeada de gente que no está ahí por turismo sino porque vive aquí, estudia aquí, pasa el rato aquí con una certeza de pertenencia que a mí me resulta casi incómoda por contraste. Yo llegaba con mochila y cara de no tener muy claro nada.
Me planté delante de un carrito de chai, señalé la jarra, y el hombre me cobró veinte takas sin mirarme a la cara, lo cual agradecí porque así no tuve que fingir que sabía lo que estaba haciendo. El chai era espeso y muy dulce, demasiado dulce para mi gusto aunque no voy a quejarme en voz alta de algo que cuesta menos de veinte céntimos, y me quedé ahí de pie bebiendo y mirando cómo un grupo de estudiantes debatía algo con una energía que contrastaba bastante con el letargo que yo arrastraba desde el vuelo. Uno de ellos tenía una camiseta con un eslogan en bengalí que no pude leer pero que el tono del grupo sugería que era importante.
El problema con observar sin entender el idioma es que proyectas. Ves la intensidad y concluyes que es política, ves los gestos y asumes que son urgentes, y puede que lo sean o puede que estén discutiendo el partido del viernes. Lo que sí era legible era el paisaje material a su alrededor: las fotocopiadoras en hilera a un lado de la calle, los tenderetes de comida con el aceite ya oscuro de la tarde, un chaval que vendía agua embotellada moviéndose entre los coches parados sin que ningún conductor le prestara atención especial. Trabajo por todos lados, transacción por todos lados, y yo con ciento noventa y pocos euros en la cuenta después de dos semanas en las que el dinero ha desaparecido de formas que todavía no termino de entender del todo, mirando este ecosistema de pequeño comercio y pensando que no estoy en posición de sentirme observador neutral de nada.
Subí a comer algo a una azotea que había visto anunciada a mano en un cartel pegado con cinta en la escalera. La mesa tenía la superficie de formica levantada en una esquina y olía a curry de mostaza y a algo que no identifiqué pero que no era desagradable, más bien como madera húmeda. Pedí lo que señalaba la persona de la mesa de al lado porque la carta estaba íntegramente en bengalí y los gestos universales funcionan hasta cierto punto. Lo que llegó era arroz con una salsa roja y algo frito encima que resultó estar muy bien, mejor de lo que tenía derecho a esperar por lo que costaba, que era muy poco.
La luz ya caía de lado cuando terminé. Abajo, el Circle seguía igual de congestionado, el carrito de chai seguía ahí, y el papel con el nombre del templo de Priya seguía en el bolsillo de mis vaqueros sin ninguna utilidad práctica desde este lado de la frontera.
Imprescindible en Daca, Bangladés
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