Hay un señor junto al lago que vende agua en bolsas de plástico, de esas que aprietas con los dientes y sorbes, y ha intentado cobrarme veinte takas por una cuando aquí todo el mundo sabe que vale cinco. No me ha parecido gracioso. Le he dado diez, he cogido la bolsa y me he ido antes de que decidiera si protestar o no, que con esta humedad tampoco tenía energía para discutir.

Ramna Lake por la mañana tiene algo que no acabo de entender: la gente viene a caminar en círculos y parece que lo está haciendo en serio, con ropa deportiva y todo, ignorando que el lago huele a cieno y que en la orilla de enfrente hay dos colas de cuervo peleando por algo que es mejor no identificar. Yo he dado dos vueltas al perímetro a un ritmo que no clasificaría exactamente como ejercicio y me he sentado en el primer banco que no tenía pintura descascarillada encima. Lo he comprobado dos veces.

El día de descanso no es solo una decisión estética. Con lo que llevo encima ahora mismo, moverme cuesta pasta: coche, entrada, propina, el error de cálculo que siempre aparece. Anteayer otra vez, otro agujero en lo que queda. Ya son demasiados en poco tiempo y la suma empieza a pesar más que la maleta, aunque la maleta tampoco es ligera. Así que el lago gratuito es también el lago razonable.

Cerca del camino principal, a unos cincuenta metros del banco donde he pasado la mayor parte de la mañana, hay una mezquita pequeña, de barrio, sin ninguna ambición arquitectónica visible. La puerta daba a la calle y desde fuera se veían los azulejos del suelo, verdes con el mortero oscuro entre pieza y pieza, y una fila de sandalias alineadas con una meticulosidad que contrastaba bastante con el caos inmediato del exterior. No he entrado. No me parecía el momento. Pero me he quedado mirando desde la acera unos segundos más de lo que era estrictamente necesario.

Me he acordado entonces de una cosa sin ninguna conexión lógica aparente: cuando chapurreo italiano con alguien y me falla la palabra justa, a veces me cubro con el francés porque las dos lenguas tienen ese mismo territorio fonético que te da margen. Aquí no tengo ningún margen. El bengalí no guarda ningún parecido con nada que yo haya oído antes, y la sensación de estar completamente fuera de cualquier código lingüístico que reconozca me persigue en este parque de una manera diferente a como me persigue en otros sitios. No es angustia. Es más bien el sonido de cuando te desconectas de una red y el teléfono deja de avisar.

Dhaka no te mira. Eso es lo que he ido pensando durante las dos vueltas al lago y el rato en el banco. No es hostilidad, no es que la ciudad te rechace. Es que simplemente sigues sin aparecer en su campo visual, lo cual es una postura perfectamente válida de su parte pero que cansa de una manera específica, como cuando hablas en una reunión y alguien responde a lo que has dicho dirigiéndose a otra persona. He estado aquí suficientes días como para que eso deje de sorprenderme y no suficientes para que deje de notarlo.

El hombre de las bolsas de agua ha pasado por delante de mi banco dos veces más. La segunda me ha mirado sin detenerse. Veinte takas, probablemente, era su precio estándar para extranjeros y no diez, y desde su perspectiva yo le había estafado a él. Es posible que tenga razón.

Imprescindible en Daca, Bangladés

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