La cinta se despegó del strap izquierdo esta mañana, con ese sonido seco y definitivo que hacen las cosas cuando deciden que ya cumplieron, y quedó colgando como una lengüeta ridícula mientras yo intentaba ajustar la mochila antes de salir. La pegué de nuevo con la esquina que todavía tenía algo de adhesivo, apretando fuerte durante diez segundos como si eso fuera a servir de algo. Spoiler: no sirvió de nada. Para la tarde ya estaba colgando otra vez, y en algún punto dejé de molestarme.

Fui hasta el Esplanade porque necesitaba sentarme en algún lugar que no fuera la habitación y porque el frío de agosto en Cape Breton no es el frío que uno imagina cuando piensa en agosto: es húmedo, con ese viento que sube del puerto y que te entra por el cuello aunque lleves capas. El Big Fiddle estaba ahí, enorme y vagamente absurdo como siempre, y un hombre de unos sesenta años se paró delante a fotografiarlo con un teléfono que sostenía horizontal con las dos manos, muy concentrado, como si la foto fuera a cambiar algo. No sé qué hace uno con una foto del Big Fiddle. Supongo que la misma pregunta aplica a muchas cosas que hacemos.

El portal de Gander volvió a fallar. Hace cinco días también falló, y hace seis, y antes de eso había un par de semanas donde el patrón se repetía con esa puntualidad irritante que tienen los sistemas cuando quieren demostrar que no te deben nada. Intenté el acceso de nuevo esta mañana desde la cafetería frente al Esplanade, una de esas cafeterías sin nombre visible en la fachada donde el café viene en vaso de telgopor y nadie espera que sea especial, y el resultado fue el mismo: carga, carga, pantalla en blanco, nada. Lo anoté como pendiente, que es lo que anoto cuando no tengo más opciones, y cerré la pestaña.

El café de telgopor era malo pero no de manera ofensiva, solo de manera funcional, y me lo terminé de todas formas porque estaba caliente y porque conseguirlo no me había costado nada de lo que ya no tengo. El tipo detrás del mostrador tenía un tatuaje en el cuello que decía algo en letra gótica que no llegué a leer completo y miraba hacia la pared lateral mientras preparaba todo, no hacia mí, no hacia los otros tres clientes que había a esa hora, sino hacia la pared, como si ahí hubiera algo interesante que ninguno de nosotros podía ver. Había un plato de scones en una bandeja de plástico con una etiqueta manuscrita que decía «2 for 1». Me comí dos. Son densos, secos, sin mantequilla porque no pregunté si incluía mantequilla y el tipo de la pared lateral no parecía el tipo de persona a quien uno le pregunta si los scones incluyen mantequilla.

En algún momento de la tarde me puse a pensar en para qué sirve un relato cuando las cosas no se mueven. Esta semana, la anterior, la de antes, tienen la misma textura: fallos, intentos, calles que conozco de memoria, frío. El viaje como relato, que es lo que me gusta de todo esto, asume que hay arco, que algo ocurre entre el principio y el final, que la suma de los días produce algo distinto a la repetición. No sé si eso está pasando aquí o si estoy acumulando versiones del mismo día con distintos números.

Volví al alojamiento con la cinta de la mochila colgando. La envolví otra vez alrededor del strap, apretando fuerte durante diez segundos. Esta vez usé lo que quedaba del rollo.

Imprescindible en Sydney, Canadá

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