Aterricé en Ponta Delgada con la correa de la mochila pegada al hombro izquierdo mediante una tira de cinta americana que lleva tres días mirándome con cara de «ya sé que no me cambias». El pegamento está cediendo por las esquinas y cada vez que ajusto el peso noto cómo la cinta se despega dos milímetros más. Entré en esta isla cargando eso y cargando cero euros, que es una cifra que tiene una honestidad brutal: no da margen para interpretaciones optimistas.

Ayer hubo un contratiempo con el vuelo que no merece más espacio del que ya le di mentalmente durante dos horas de espera. Lo que sí merece espacio es el estado en que llego aquí: siete tropiezos desde finales de julio, entre averías de sistemas y retrasos encadenados, y el cuerpo lo sabe aunque los números digan otra cosa. Hay un tipo de cansancio que no se resetea de un día para otro. Se acumula en los trapecios y en el modo en que uno mira los carteles de las calles cuando llega a una ciudad nueva: no con curiosidad, sino calculando.

Bajé hacia el centro siguiendo la Rua do Mercadores hasta llegar a la Calçada do Cais, que es una bajada corta hacia el puerto con esa luz atlántica de primera tarde de agosto que no perdona nada y lo pone todo un poco más áspero de lo que es. Vi una tascaria pequeña, sin nombre visible desde la calle, con tres mesas de plástico verde y un ventilador de pie que oscilaba sin convicción. El olor era a caldo de patata y a freiduría. Entré.

Detrás de la barra había un hombre de unos cincuenta años, calvo por arriba y con bigote de los que ya no se llevan, limpiando el grifo de cerveza con un trapo gris. Le dije, en el portugués chapurreado que manejo, que buscaba si había algo que hacer a cambio de comer. No lo dije así de directo al principio. Primero pregunté si sabía de alguien que necesitara ayuda puntual, lo cual fue un rodeo innecesario porque él me entendió antes de que terminara la frase. «¿Sin dinero?», dijo, y no era una pregunta, era una constatación. Asentí.

Se llamaba Rui, o al menos eso ponía en el chaleco azul marino que llevaba colgado de un gancho detrás de él. Me miró la mochila, probablemente la cinta americana, y luego me miró a mí. Me ofreció fregar los tres servicios del local y apilar unas cajas en el almacén de atrás a cambio de un plato de caldo verde y pan. No me ofreció dinero. Yo no pedí dinero. El caldo estuvo bien, no especialmente: aguado de más y con el chorizo cortado demasiado fino para que se notara en cada cucharada, pero caliente, que era lo que importaba.

Lo del almacén tomó cuarenta minutos y unas cuantas cajas de agua con gas de las grandes. Cuando terminé, Rui estaba atendiendo a dos clientes y me señaló con la barbilla hacia la puerta, lo que interpreté como «ya puedes irte». Antes de salir le pregunté si necesitaría ayuda los próximos días. Levantó una ceja, pensó cuatro segundos, y dijo que mañana por la mañana tal vez tuviera algo para el reparto, que volviera a las nueve. No prometió nada. Yo tampoco prometí que aparecería. Quedó así, suspendido.

La cinta americana aguantó todo el día, aunque el ángulo de la esquina superior ya es claramente perdido. Mañana a las nueve. Puede que Rui esté y puede que haya algo, o puede que mire el grifo de cerveza y ni me reconozca. Eso es lo que hay ahora mismo en el debe.

Imprescindible en Ponta Delgada, Portugal

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