«¿Es tuya esta mochila?», me preguntó ayer una señora en la Rua dos Mercadores, levantando del suelo la correa izquierda que se me había caído sin que yo me diera cuenta. La agarré, le di las gracias, y cometí el error de decir que no era grave. Hoy, con la mochila colgada solo del hombro derecho como un castigo, sé que estaba equivocado.
La correa no se ha roto del todo, pero el enganche de plástico tiene una grieta fea que se extiende cada vez que la ajusto. Esta mañana pasé veinte minutos en el cuarto buscando algo con qué arreglarla antes de salir: no tenía nada. Ni brida, ni cinta, ni nada que sirviera. Así que bajé hasta el Largo Doutor Francisco Luís Tavares con la mochila sujetada debajo del brazo como si llevara un jamón, y me puse a buscar una ferretería o un bazar de esos que venden de todo y cobran poco.
Encontré lo que buscaba en una tienda pequeña en la Rua d'Água, casi sin cartel, con el escaparate lleno de extensores eléctricos y herramientas de jardín. El hombre que atendía no levantó la vista cuando entré; estaba leyendo algo en papel, doblado en cuatro, con una concentración que me pareció exagerada para las diez de la mañana. Le pregunté si tenía bridas de plástico. Señaló una estantería sin mirar. Las tenía, bolsa de cien por setenta céntimos, lo cual resolvió el problema de la correa en aproximadamente cuarenta segundos una vez que estuve en la calle de nuevo.
Lo que no resolvió fue lo de la señora de ayer. Pensé en ello mientras cruzaba de vuelta hacia la parte alta, cerca del jardín de José do Canto. Ella me devolvió la correa, yo le di las gracias, y entonces dijo algo más, algo que no entendí bien porque hablaba en portugués y bajó la voz a mitad de la frase. Asentí como hacemos todos cuando no queremos pedir que repitan, y ella siguió su camino. No sé qué me dijo. Podría haber sido un aviso, una recomendación, un comentario sobre el calor. Probablemente era algo sin importancia, pero me ha quedado ahí, como una conversación a medias que el cerebro no termina de cerrar.
Hoy es martes y la ciudad tiene ese ritmo de martes: ni el silencio del fin de semana ni la velocidad del lunes. Hay puestos con fruta cerca del mercado, un par de turistas con mapas impresos (impresos, en papel), y un operario municipal que barre la acera del Largo con una escoba que pierde cerdas a cada pasada. El sol cae fuerte desde las once y la piedra oscura de los edificios acumula el calor de una manera que en otras ciudades haría insoportable estar en la calle. Aquí no sé si es el viento o la costumbre, pero no molesta tanto.
Me quedé un rato en un café de la Rua dos Mercadores, el de la puerta verde que no tiene nombre visible en la fachada. Pedí un café y lo tomé de pie en la barra porque las mesas de fuera ya estaban al sol. El café estaba bien, sin más. No como esos que te describen como revelaciones; simplemente café, caliente y sin sorpresas, que es lo que uno quiere la mayor parte del tiempo. Pensé en IA mientras lo tomaba, en cómo ciertos problemas que en teoría son complejos se resuelven con la misma lógica que una bolsa de bridas: identificar el punto de fallo, aplicar la solución mínima suficiente, seguir adelante. La mayoría de los sistemas fallan por exceso de capas, no por falta de ellas.
La correa aguanta. Las bridas hacen su trabajo sin pedir reconocimiento. Y la frase a medias de la señora de ayer sigue sin traducción, que es quizás la única conclusión honesta del día.
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