La mochila lleva tres días en el suelo porque si la cuelgo del respaldo se abre por la costura lateral y me cae todo encima. La cinta que usé para sellarla aguantó exactamente un día y medio, que es menos de lo que esperaba aunque más de lo que merecía ese remedio. Ahora la arrastro más que la cargo, y hay algo en ese gesto que encaja demasiado bien con cómo va el resto.

Estaba en el mercado cubierto cerca de Al Bathaa, en uno de esos comedores de planta baja donde los fluorescentes no tienen ningún tipo de piedad y las mesas son superficies de metal que alguien limpió hace un rato con un trapo húmedo. Cordero a la parrilla, arroz con algo amarillo que no identifiqué, una ensalada que nadie pidió pero que vino igual. El precio del menú estaba escrito en una pizarra en árabe y en un número en inglés que no coincidía con lo que me cobraron, diferencia que no era enorme pero que noté porque a estas alturas noto todo.

El tipo sentado al lado tenía una bolsa de tela entre los pies y comía con la eficiencia de quien lo hace a horas fijas desde hace años. No hablamos durante un rato. Luego señaló mi plato, dijo algo sobre el cordero que no entendí, y cuando le pregunté en inglés si trabajaba por aquí, respondió que llevaba cuatro años en la ciudad haciendo instalaciones eléctricas, que era de Bangladesh, y que sí, que el precio en la pizarra era el precio para los que viven aquí y el otro era para los que no conocen a nadie. No lo dijo con orgullo ni con sorna. Lo dijo como quien explica que llueve.

Según él hay una serie de precios paralelos en muchos sitios del centro que funcionan sin cartel ni advertencia: el precio base, que conocen los trabajadores y los residentes de largo plazo, y el precio de hecho, que aplican a quien entra sin referencia local y no pregunta antes de comer. No es ilegal. No tiene nombre oficial. Existe. Me dijo que si uno va con alguien del barrio o menciona a alguien concreto, el número baja. Sin eso, el número es el que es.

No sé si lo que describió explica todo lo que ha pasado estas semanas, pero encaja. Los trescientos quince riales que se han ido en distintos momentos desde hace ocho días no los perdí de golpe ni de forma dramática, sino en pequeñas fricciones que en el momento parecían accidentales y en conjunto parecen un sistema. Puede que no lo sea. Puede que sea solo el coste de no tener contexto local y de moverse sin red. Pero la sensación es la misma.

El tipo terminó, recogió su bolsa y se fue sin más. No dejé propina porque no había propina posible en ese formato. Sí pregunté al cajero, antes de salir, cuál era el precio de la botella de agua que había en el mostrador. Me dio un número. Luego pregunté si tenía otro precio. Se quedó un segundo quieto y me dio un número distinto, cinco riales menos. Así, sin explicación.

No sé qué hago con eso exactamente. La mochila sigue rota y no tengo claro dónde comprar una costura de repuesto en este barrio sin pagar el precio equivocado.

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