«Son cuarenta minutos de espera, mínimo», me dijo el conductor sin mirarme, con el coche parado en una cola que salía de un cruce de Al Olaya hacia ninguna parte reconocible. No sé si era una revisión de tráfico, un control de algún permiso de circulación o simplemente la lógica natural de esta ciudad un domingo por la tarde, pero estuve ahí, con la mochila encima de los muslos porque el asiento trasero era demasiado estrecho para ponerla al lado, notando que la correa de duct-tape que reparé hace cinco días volvía a ceder por el extremo izquierdo. Cuarenta minutos se convirtieron en cincuenta y tres. Los conté.

Jeddah quedó atrás esta mañana con esa indiferencia que tienen los lugares cuando ya has sacado la tarjeta de embarque. La única cosa que no dejé del todo atrás fue el recuerdo de Tariq y su oferta de pasear por la corniche al atardecer, que ayer todavía flotaba sin respuesta. Hoy la distancia resolvió lo que yo no resolví: las cosas que quedan en el aire en una ciudad no viajan contigo a la siguiente, y ya está. Ni drama ni conclusión, solo geografía.

El problema concreto de hoy era otro. Al salir del coche en Al Olaya, con el taxímetro mostrando una cifra que me pareció alta antes de entender que encima había que sumar el tiempo de espera como suplemento, hice el cálculo en la acera. No me gusta nada hacer cálculos en aceras desconocidas con el sol todavía pegando fuerte y la mochila colgando ladeada, pero a veces no hay otra. El resultado fue que la semana que viene no puedo permitirme no saber dónde come alguien que no quiere gastar mucho.

Me metí en el primer bloque comercial que encontré en el corredor, no por ganas sino porque necesitaba agua y sombra en ese orden. El sitio olía a aire acondicionado industrial y a café de cadena, ese olor un poco sintético que tienen todos los centros comerciales del Golfo independientemente del país. Encontré un restaurante que servía shawarma y algo que en el menú llamaban «pollo a la leña» con una tipografía que inspiraba cierta desconfianza, pero el precio era razonable y el local estaba lleno, que suele ser mejor indicador que cualquier reseña. Pedí sin preguntar mucho. Llegó rápido. Estaba bien, no como dicen que está la comida aquí en general, sino simplemente bien, sin más mérito que el de no decepcionar.

En la mesa de al lado, alguien había dejado olvidada una revista en árabe con la cara de un hombre sonriendo en la portada y debajo, en inglés pequeño, las palabras «Riyadh Season». No sé si el festival ya había empezado, si estaban anunciando que empezaría pronto o si era un número atrasado. La imagen del hombre sonriendo no aclaraba nada. La dejé donde estaba.

La correa de la mochila aguantó hasta la salida del restaurante. Luego, en plena acera de Al Olaya, con el tráfico pasando y la luz de media tarde cayendo oblicua sobre el asfalto, se soltó del todo y tuve que sujetar la mochila con el brazo como si fuera un paquete incómodo. En el fondo de la mochila, la figurita de bronce que cargo desde hace semanas y que nunca sé muy bien por qué sigo cargando, pesaba exactamente lo que pesa siempre: demasiado para lo que vale y demasiado poco para justificar tirarla.

Compré cinta en una ferretería pequeña que olía a aceite de máquina y donde el empleado no levantó los ojos del móvil en ningún momento de la transacción. La cinta costó poco. Fui al baño del siguiente local, reparé la correa sobre el lavabo, y salí a seguir caminando por Al Olaya con el mismo aspecto de siempre, que es el de alguien que lleva demasiadas cosas encima y no ha dormido lo suficiente.

Imprescindible en Riad, Arabia Saudí

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