¿Cuánto tiempo se puede estar en un mercado mirando sin comprar nada?
Esa pregunta me la estaba haciendo yo mismo esta mañana, plantado delante de un puesto de tomates en el Mercat de l'Olivar, con los bolsillos completamente vacíos y una bolsa de tela colgada del hombro izquierdo, el de la correa reforzada con cinta americana desde hace dos días. El vendedor, un hombre de unos sesenta años con las manos manchadas de tierra y una camiseta de la Selección Española desgastada hasta el transparente, me miró una vez y no volvió a mirarme. Bien. Eso me ahorró la conversación.
Los tomates eran exactamente lo que busco cuando viajo: de esos que huelen desde un metro de distancia, con marcas de tierra en la piel, sin envasar, sin etiqueta, sin el plástico de los supermercados. Los que saben a algo. Y yo ahí, sin un euro encima, calculando si quedaba algo en algún sitio que no fuera mi cabeza. No quedaba.
Salí del mercado y giré hacia las calles detrás de la catedral, por esa zona donde el suelo es de piedra irregular y las fachadas aún tienen esa pátina gris que la luz de septiembre convierte en algo casi amarillo antes de las once de la mañana. La correa izquierda cruje un poco cuando ajusto el peso. La cinta aguanta, pero tiene esa textura arrugada de cosa que se va a romper en el peor momento posible, y yo lo sé, y sigo caminando igual.
En una esquina del Carrer dels Apuntadors, un hombre estaba sentado en un escalón con un cartón de vino barato y un perro enorme de color arena que dormía atravesado en la acera como si la acera fuera suya, que supongo que lo era. El hombre me dijo algo que no entendí del todo, una mezcla de mallorquín y castellano con una velocidad que no acompañaba la hora. Le pedí que repitiera. «¿Llevas algo pa comer?», me preguntó. Le dije que no, que yo también andaba buscando. Se rió. El perro no se movió.
Eso fue todo. Sin más historia ahí. A veces las cosas son exactamente lo que parecen.
Seguí hasta la Plaza Mayor, que a estas alturas ya no me impresiona por ninguna razón estética pero sí me sirve como punto de orientación cuando llevo demasiado rato dando vueltas sin propósito claro. Había una pancarta colgada en un balcón del lado norte, de esas impresas con tinta barata que se corre cuando llueve, con algo sobre la Diada del once de septiembre. La mitad de las letras ya se habían corrido hacia abajo como lágrimas de tinta. Nadie le prestaba atención.
Me senté en uno de los bancos del lado de la sombra. La correa izquierda emitió un sonido nuevo, algo entre un chasquido y un crujido, que no había hecho antes. Revisé la cinta: seguía pegada, pero en el extremo inferior había empezado a despegarse un centímetro. Uno. Podría ser dos mañana, o podría ser diez en el siguiente paso que dé con peso encima. Esta es la clase de cálculo que hago ahora: no dónde comer, no qué ver, sino cuánto aguanta la cinta americana antes de que la mochila se me caiga al suelo en medio de la calle.
Quedarse en un sitio tiene un coste que no aparece en ningún presupuesto. No es dramático. Es solo la suma de las cosas que se van gastando mientras tú te quedas quieto: la correa, la reserva, la paciencia con los tomates que hueles pero no puedes comprar.
El vendedor del mercado probablemente ya habrá recogido los tomates.
Imprescindible en Palma de Mallorca, España
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