La tira izquierda de la mochila lleva tres días aguantando con cinta americana y esta mañana, cuando la recogí del suelo para salir, noté que un extremo se había despegado durante la noche. Le di un tirón para asentarla, cometí el error de mirar cómo quedaba, y preferí no pensar más en el asunto.
Bajé hacia el Carrer de la Unió porque los sábados hay movimiento de verdad ahí, vendedores que montan sus puestos desde temprano y cajas de madera apiladas en la acera que huelen a melocotón maduro y a cartón húmedo mezclados. Me gusta eso de los mercados: que todo está fuera, sin filtro, que el género que no se vendió ayer sigue ahí con una pizca más de urgencia en el precio. Un señor mayor tenía berenjenas ordenadas con una precisión que no cuadraba con el resto del puesto, que era un caos de manojos de hierbas y tomates que empezaban a ceder. Le pregunté cuánto costaban las berenjenas y me dijo el precio. Le dije que otro día, y él asintió sin mirarme, como si eso lo escuchara veinte veces cada mañana.
Porque no tengo un euro. Eso no es una exageración ni una queja: es el dato concreto que organiza el día. Puedo caminar, puedo mirar, puedo hacer preguntas sobre berenjenas que no voy a comprar, pero no puedo sentarme en ninguna terraza, no puedo llevarme nada de lo que hay en esos puestos, y desde luego no puedo hacer nada con la correa de la mochila más allá de seguir presionando la cinta contra el tejido con el pulgar cada vez que noto que cede.
Lo que me descoloca no es pasar hambre ni nada dramático, sino la acumulación de pequeñas decisiones que ya no están disponibles. En el mercado vi un puesto de especias con sobres de azafrán a dos euros. Dos euros. Y pasé de largo porque no había dos euros. Eso es todo. Y después, un poco más arriba, una mujer vendía higos de piel oscura que parecían perfectos y que probablemente lo eran, y también pasé de largo. El problema no es el hambre: es que el cerebro sigue detectando opciones que ya no son opciones, y eso cansa de una manera que no tiene mucho que ver con el cuerpo.
La mochila se mueve mal con la correa floja. La llevo apretada contra la espalda con el brazo doblado hacia atrás, lo que es una postura ridícula y me hace parecer que tengo una contractura. Una niña de unos siete años que iba de la mano de su padre me miró con una expresión de ligera preocupación mientras cruzábamos en la Plaça de Llorenç Villalonga. No la culpo.
Me quedé un rato sentado en el borde de una de las fuentes de la plaza, que tampoco funcionaba, por cierto, así que era solo un borde de piedra gris con una paloma encima que tampoco parecía tener nada que hacer. Hay algo desagradable en quedarse quieto no porque hayas decidido parar, sino porque las opciones se han ido cerrando una a una hasta que la posición de reposo es la única que queda. No es descanso. Es otra cosa que se parece al descanso desde fuera.
La cinta americana aguantó todo el trayecto de vuelta. Cuando llegué al cuarto la despegué con cuidado, la reposicioné, la presioné fuerte durante diez segundos como si eso fuera a marcar alguna diferencia. No sé si mañana seguirá ahí.
Imprescindible en Palma de Mallorca, España
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