¿Cuánto cuesta exactamente un día en el que no tienes dinero pero tampoco puedes quedarte quieto en Vila Baleira mirando el mismo tramo de mar desde la misma silla? Eso me pregunté esta mañana mientras me ponía la mochila con cuidado porque la correa izquierda lleva días dando señales de que va a ceder del todo, y hay que sujetarla un poco hacia arriba y hacia el costado para que no estire más la costura, lo cual convierte cada desplazamiento en una coreografía pequeña y bastante ridícula.
Dos horas en el aire desde Porto Santo y ya estaba cruzando el Tajo en el ferry de Cacilhas, que es una travesía de unos diez minutos pero con vistas al puente 25 de Abril que desde el agua parecen distintas, más abruptas, como si el puente pesara más visto desde abajo. El problema de llegar a Cacilhas sin un euro en el bolsillo, con la correa de la mochila en modo provisional y con el recuerdo bastante vivo de lo que me pasó ayer, es que todo lo que ves te lo calculas. Una cerveza en el paseo marítimo, imposible. Un bocadillo en cualquier sitio, imposible. Café, ni lo pienso. Ayer perdí dinero de una forma tan absurda que todavía no sé bien cómo explicármela, y el resultado es que hoy estoy aquí con energía suficiente para caminar pero con los recursos exactos de alguien que ha llegado al límite de lo que puede gastar.
Fui hacia la Rua do Ginjal porque alguien en el ferry mencionó el nombre, no a mí sino a otra persona, pero lo escuché. La calle está por encima del río, sobre unas escaleras que hay que encontrar un poco por intuición, y cuando llegas arriba hay una serie de edificios que llevan décadas sin que nadie decida si restaurarlos o dejarlos caer del todo. Una de las fachadas tiene pintada una mano con el dedo índice apuntando hacia abajo, en dirección al río, y no hay ningún cartel explicando por qué. Me quedé mirándola un momento más de lo necesario.
Cerca de allí había un hombre sacando cajas de plástico vacías de un restaurante cerrado, apilándolas contra la pared con una metodología que sugería que lo había hecho miles de veces. Le pregunté, en portugués, si el restaurante abría por las noches. Me dijo que no abría, que estaba en obras hace dos años y que cada semana le decían que en dos semanas. «Dois anos, duas semanas, sempre assim», dijo, y siguió con las cajas. No esperaba respuesta, y no la necesitaba. Había algo en esa frase que tenía la misma textura que la situación de ayer, esa sensación de que el plazo siempre se corre y la resolución siempre queda un poco más adelante.
Seguí hacia el Largo 1.° de Maio, que es una plaza pequeña con algunos bancos y una parada de autobús donde la gente espera sin mirar el teléfono, lo cual me pareció raro hasta que vi que varios de los postes de la zona no tenían cobertura visible. Me senté un rato. La correa de la mochila aguantó. Un perro de tamaño mediano olió mi zapato izquierdo durante tres segundos y se fue sin comentarios.
El catalán y el neerlandés no sirven de nada aquí, el inglés tampoco tanto como uno querría, y el castellano funciona pero con esa ligera fricción de quien sabe que no es el idioma de casa. El portugués va saliendo, irregular, con palabras que a veces reconozco antes de entenderlas. Es el idioma que más me cuesta situar dentro de la cabeza, como si necesitara un compartimento que todavía no he construido del todo.
El ferry de vuelta salía cada media hora. Cogí el de las seis y pico. La correa izquierda aguantó el trayecto al muelle, pero al bajar noté que la costura había cedido otro centímetro.
Imprescindible en Lisboa, Portugal
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