Cuatrocientos metros desde el albergue hasta el puerto y ya tengo que parar dos veces para recolocarme la mochila, que sin la correa izquierda cae hacia un lado como un borracho recostado en la pared. La ferrería de la plaza no tenía lo que buscaba, lo intenté hace unos días y el tipo me miró como si le hubiera pedido un componente de cohete. Desde entonces cargo el bulto así, con la correa derecha cruzada en diagonal y el material apoyado en la cadera, lo cual funciona hasta que deja de funcionar, que suele ser a los cinco minutos de caminar en pendiente.

Sin dinero en la cuenta, las opciones del día se reducen solas, sin necesidad de que yo haga ningún cálculo. El puerto a mediodía tiene esa luz horizontal y brutal que rebota en el agua y te pega en la cara desde dos direcciones. Las barcas de pesca están amarradas, algunas con las redes aún extendidas en el muelle para secar, y hay puestos con toldos de lona descolorida, verde y amarillo, que a esta hora no tienen casi nada encima. Un mercadillo que se muere de calor. Me quedé mirando más tiempo del razonable una cesta con mangos pequeños, del tamaño de un puño, con la piel todavía verde por los bordes. No los compré. No podía comprarlos. Ese tipo de observación gratuita es lo que ofrece el día.

Me senté en la piedra del muelle, cerca de donde termina el paseo y empieza la zona de trabajo, y estuve pensando en el asunto de ayer. El hombre del que aún no sé bien qué quería. Me habló en portugués primero, luego en inglés trabajoso, y al final en un español más cómodo para los dos. Preguntó si era periodista. Le dije que no. «¿Fotógrafo?» Tampoco. Asintió despacio, como si eso confirmara algo que ya sospechaba. No me dio su nombre. Yo tampoco di el mío. Se fue antes de que la conversación tuviera ninguna forma clara, y lo que quedó fue esa incomodidad de no saber si había pasado algo o no había pasado nada.

Hoy lo vi de nuevo. Estaba en el mercado del puerto, junto a uno de los puestos de lona, hablando con un pescador de mediana edad que llevaba una camiseta de un equipo portugués que no reconocí. Lo vi antes de que él me viera a mí, lo cual me dio exactamente un segundo para decidir si me acercaba o doblaba por el paseo hacia la otra punta del muelle. Me acerqué. No sé bien por qué, quizás porque llevar toda la mañana mirando mangos que no puedo comprar deja demasiado espacio mental para la curiosidad.

Me saludó sin sorpresa, como si lo hubiera estado esperando, que es la peor manera de saludar a alguien. Dijo que pasaba varios días a la semana por aquí, que conocía la isla de antes. No aclaró de antes de qué. La conversación fue corta. El pescador se alejó con su red enrollada bajo el brazo y el hombre del día anterior se quedó mirando el agua un momento antes de decir, sin girar la cabeza, que si necesitaba algo por la isla, que le preguntara. Luego se fue. Sin contacto, sin número, sin ninguna indicación de cómo encontrarlo.

Me quedé ahí parado con la mochila ladeada y el sol partiéndome la cabeza, tratando de decidir si eso era una oferta útil o una frase hecha de alguien que no tiene intención de cumplirla. Los mercados me funcionan de termómetro: si lo que se vende ahí es mediocre, el sitio tiene algo fallido en la base. Estos mangos pequeños, verdes por los bordes, a nadie le apetecían demasiado. Seguían en la cesta cuando me fui.

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