Nueve de la mañana y ya hay un problema: el ferry que tenía que traer no sé exactamente qué, pero algo que yo necesitaba, no ha llegado. No me lo han dicho con esas palabras, claro. Me lo han dicho con un cartelito impreso en una hoja A4, pegado con celo en la ventanilla de la oficina de la Estrada da Fonte da Areia, con una fecha que no coincide con nada que yo hubiera planeado. Un papel pegado con celo. Eso es todo lo que hay.

Llevo la mochila sujetándola con la mano derecha porque la correa izquierda se rompió hace días, en el hombro, donde el plástico del enganche cedió de golpe, y desde entonces la cargo a ratos como si fuera un maletín y a ratos como si fuera un saco de patatas apoyado en el costado. Hoy he tardado cuatro minutos en salir del alojamiento solo por el ejercicio de reorganizar el peso para que no se me cayera todo al suelo. Cuatro minutos que no son nada, excepto cuando ya empiezas el día con algo que no funciona.

El viernes en agosto en Vila Baleira tiene una textura particular: hay gente en las terrazas desde antes de las diez, hay música de algún sitio que no se ve, y hay una especie de urgencia festiva que no me corresponde porque yo estoy sin blanca, literalmente, y la única actividad que puedo hacer sin gastar es mirar. Así que me he quedado un rato en la Praça do Município con la mochila entre las piernas, la correa rota colgando a un lado como una lengua, fumando en la cachimba que cargo desde hace semanas en el fondo de la bolsa exterior. El tabaco se estaba poniendo seco. El humo sabía a eso, a tabaco seco, no como debería saber.

Ayer pasó algo que todavía no tengo del todo claro. Un encuentro que no sé bien cómo clasificar, con alguien que dijo algo que sonaba a oferta o a advertencia, y yo no estaba seguro de cuál de las dos, y hoy sigo sin estarlo. No voy a fingir que lo he resuelto porque no lo he resuelto. Está ahí, como el papel pegado con celo en la ventanilla: visible, sin explicación completa.

El punto de observación de la pista, un poco más al norte por la carretera, es uno de esos lugares donde la gente se sienta en el capó del coche y mira aterrizar aviones pequeños, y yo también lo hago a veces porque es gratis y porque hay algo satisfactorio en ver máquinas haciendo exactamente lo que se supone que deben hacer. Hoy había un señor con una nevera de corcho llena de algo que olía a anchoa y un niño que preguntaba cada treinta segundos cuándo llegaba el siguiente. El señor no le respondía. Yo lo entendí perfectamente.

Lo del ferry bloqueado no tiene solución hoy. Eso me lo han confirmado en la misma oficina, en persona, una mujer que hablaba un español muy correcto y que no me miró a los ojos en ningún momento, lo cual agradezco porque las explicaciones con contacto visual directo me generan la obligación de reaccionar, y hoy no tenía energía para reaccionar. «Lunes, quizás», ha dicho. Quizás. Lunes es dentro de tres días. Bien.

Me he vuelto a la plaza con la mochila sujetada por el asa central, que todavía aguanta, y me he sentado donde había sombra. El tabaco de la cachimba seguía seco. Arriba, sobre los tejados de la calle que baja hacia el puerto, había una gaviota parada en una antena de televisión, completamente quieta, mirando hacia el sur como si esperara algo que tampoco iba a llegar.

Imprescindible en Vila Baleira, Portugal

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