Cuatro costuras, eso es lo que le quedan a la correa izquierda de la mochila. Las cuento cada mañana porque no tengo nada mejor que hacer con los primeros cinco minutos del día, y esta mañana la cifra se ha reducido a tres. En algún momento entre anoche y ahora, una más ha cedido. No sé si fue mientras la arrastraba por los adoquines de la Ribeira o simplemente la tela decidió cansarse sin aviso.
El plan de hoy era sencillo: ir hasta la oficina de la empresa de transporte en Campanhã a resolver un asunto que lleva seis días pendiente, un paquete retenido por un error de dirección que nunca cometí pero del que soy, según ellos, el único responsable. Salí de la habitación con exactamente cero euros en el bolsillo, lo cual no es una forma de hablar: es el saldo real. La tarjeta de crédito existe, opera, pero tiene sus propios criterios sobre qué considera urgente. Lo que no considera urgente es un taxi, así que la opción era el metro, y el metro requería carga previa en la máquina, y la máquina de la estación de São Bento tenía un cartel pegado con cinta adhesiva naranja: "Avaria. Serviço suspenso." Avería. Servicio suspendido.
Me quedé delante de ese cartel más tiempo del razonable. Una mujer mayor con una bolsa de tela del Pingo Doce me miró como si llevar diez segundos leyendo un cartel de cuatro palabras fuera algo que requiriera explicación. Puede que tuviera razón.
La alternativa era ir caminando, unos cuarenta y cinco minutos, pero la oficina de Campanhã cierra al mediodía los jueves y llevaba ya cuarenta minutos de retraso por la máquina rota, así que el cálculo era simple: no llegaba. Podría haber buscado otra forma, un amigo que prestara el importe del metro, pedir el favor en el hostal de adelantar algo. Lo pensé. Lo descarté. En algún momento del último mes, entre averías y contratiempos acumulados desde principios de agosto, he desarrollado una especie de resistencia pasiva a improvisar soluciones de último minuto que generan nuevos problemas. El paquete seguirá retenido un día más.
Volví sobre mis pasos hacia la Rua de Santa Catarina, no porque tuviera nada que hacer allí sino porque el cuerpo camina cuando la cabeza no decide. El calor a estas horas es pesado y poco elegante, de esos que hacen que el asfalto huela a goma blanda. Un puesto de helados artesanais en la esquina con la Rua de Passos Manuel tenía una pizarra con precios que, la primera vez que los vi hace unas semanas, me parecieron inflados. Ahora ya me parecen directamente de otro planeta. Un Magnum cuesta más que una cerveza en cualquier bar de la Baixa.
Me senté en el bordillo, lo cual no es tampoco una forma de hablar: en el bordillo de verdad, sin banco cerca, con la mochila entre las piernas para no tensar la correa. Desde ahí se ve bien el ritmo de esta calle a media mañana, que no es tranquilo ni caótico sino un tipo específico de bullicio indiferente, el que existe cuando cada persona tiene claro adónde va y ninguna te mira. Había un hombre barriendo la entrada de una tienda de ropa cerrada con una escoba de paja, de las antiguas, con un ritmo tan regular que parecía que llevaba semanas haciéndolo y seguiría otras tantas.
Hace dos semanas me habría levantado a los diez minutos a buscar qué hacer. Hoy me quedé sentado un buen rato, que es la versión honesta de decir que no tenía adónde ir, y al final no me pareció tan distinto a una decisión. El paquete puede esperar hasta el viernes. La correa puede aguantar tres costuras. La máquina de la estación seguirá averiada o no, eso ya no depende de mí.
La escoba del hombre seguía barriendo cuando me levanté.
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