«¿Sabes si hay algún retraso en la línea cuatro?», le pregunté al tipo detrás de la barra de un bar en Santa Coloma, un hombre de unos cincuenta años con un delantal manchado de café que no levantó la vista del vaso que estaba secando. «Siempre hay algún retraso», dijo, como si yo le hubiera preguntado si el sol sale por el este.
Ayer ya hubo un contratiempo parecido, así que la respuesta del barman no me sorprendió tanto como debería. Hay una especie de regularidad en todo esto que ya no me irrita, o al menos eso me digo: que he llegado al punto en que el imprevisto no es el accidente sino la norma, la textura habitual del día. Lo que sí me sigue molestando es perder tiempo en serio, tiempo que tenía pensado usar en el Parc Fluvial del Besòs antes de que el calor de agosto se volviera insostenible. Llegué a Santa Coloma más tarde de lo previsto, con el sol ya en posición vertical y sin sombra útil en ninguna dirección.
El barrio no tiene nada de pintoresco y eso es exactamente lo que le salva. Carrer de Potosí a esa hora tiene comercios con los escaparates a medio llenar, una ferretería que huele a grasa de máquina, un par de locales de comida con el menú del día escrito a mano en pizarras que alguien lleva años sin borrar del todo. Entré al bar solo para preguntarle al del delantal y para estar un momento fuera del sol, no porque tuviera dinero para nada. Me quedé de pie en la puerta, apoyado en el marco, y noté que la correa izquierda de la mochila cedía un poco más con el peso. La he estado revisando desde hace días: el hilo que une la correa al cuerpo de la mochila está al límite, y cada vez que ajusto el peso lo siento. No se ha roto todavía. Por ahora.
Caminé hasta el parque bordeando el Besòs por el lado de Santa Coloma, donde el río ya no es el vertedero industrial que fue durante décadas sino un corredor de vegetación baja y carrizo que la gente usa para pasear con perros o sentarse en los bancos de hormigón a mirar el agua. El Besart, el pequeño museo del río que está justo ahí, en el margen izquierdo, entraba gratis ese viernes. Pasé dentro veinte minutos leyendo paneles sobre la recuperación ecológica del estuario, sobre las aves que volvieron cuando el agua dejó de ser tóxica, y pensé en los veranos de castells y playa que había dejado en otro lado, en otro tiempo, en una vida que no incluía museos de ríos industriales reconvertidos en viernes de agosto en Barcelona. No con melancolía exacta. Más bien con la extrañeza de darse cuenta de que uno elige caminos que lo alejan de cosas que también quería.
Lo que me gustó del parque, y esto sí lo digo sin reservas, es que nadie estaba haciéndole fotos. Había una señora con un niño pequeño que le explicaba algo sobre los patos, un hombre durmiendo con la gorra sobre la cara en un banco a la sombra, y yo. El parque no está en ninguna lista de nada. No merece estar en ninguna lista de nada. Eso es suficiente.
Volví al norte por el mismo camino antes de que el sol empezara a bajar de verdad, con la correa izquierda apoyada en el hombro de una manera que ya no es del todo cómoda. La próxima vez que apriete el cierre o ajuste el peso en condiciones, algo va a ceder. No sé si será mañana o dentro de dos semanas, pero ese hilo no tiene mucha vida por delante. Hoy aguantó. El patrón de los contratiempos también sigue ahí, puntual como el barman y su encogimiento de hombros. Una cosa a la vez.
Imprescindible en Barcelona, España
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