¿Cuánto aguanta una mochila a la que le quedan tres puntadas en la correa izquierda?

La respuesta es: menos de lo que me convenía saber hoy. Estaba cruzando la Rua das Flores con la bolsa llena porque ayer tardé demasiado tiempo en resolver ese asunto del tipo que conocí anteayer, el que decía tener un contacto para un trabajo de traducción, y entre una cosa y otra no volví al hostel hasta cerca de las diez. Esta mañana la recogí del suelo con un tirón descuidado y escuché el sonido exacto que no quería escuchar: hilo rompiéndose, rápido, limpio, definitivo. La correa cuelga ahora de un solo punto de anclaje. Si pongo peso en ese lado cae todo.

El trabajo de traducción no existe. Eso también lo confirmé esta mañana cuando mandé el mensaje que ayer quedó pendiente y no recibí respuesta. Número activo, visto, sin respuesta. Bien. Así que ayer perdí dos horas en una conversación que terminó siendo un ensayo de cómo quedar bien mientras te dicen que no sin decirte que no. Lo apunté como pendiente porque quería creer que no, pero esta mañana ya está cerrado.

La mochila, en cambio, sigue abierta como problema. Tres puntadas, una rota, dos que aguantan de milagro. Busqué una zapatería en la calle do Almada porque alguien me dijo que en esa zona todavía hay talleres de reparación que trabajan cuero y tela, no solo suelas. Encontré uno: puerta verde sin letrero visible, un hombre de unos sesenta años sentado de espaldas con algo en las manos que no vi bien. Le pregunté si podía reforzar la correa. Me miró, miró la correa, señaló un cartel pequeño pegado en la pared interior con cinta adhesiva amarillenta, y el cartel decía los precios. El más bajo era doce euros. No tengo doce euros. No tengo ningún euro. Eso es lo que hay.

Salí sin decir mucho más y pasé un rato largo sentado en unos escalones cerca de la Praça de Carlos Alberto con la mochila en el regazo, mirando si podía hacer algo útil con los recursos que tenía, que eran: una aguja de coser que llevo desde Lisboa, hilo encerado que me queda quizás metro y medio, y paciencia variable. Cosí. Me llevó veinte minutos y el resultado no es bonito pero aguanta, o al menos aguanta más que antes. La mujer del quiosco de al lado me observó durante todo el proceso sin decir nada, con una expresión que no era de lástima exactamente, sino de evaluación clínica.

Porto en sábado de agosto tiene ese ruido de fondo constante, mezcla de conversaciones en cinco idiomas y música que sale de bares que abren a mediodía. No molesta, pero tampoco ayuda a pensar con claridad. Me quedé en la plaza más tiempo del previsto porque moverme sin propósito con una mochila a medio coser no me parecía una decisión inteligente. La quietud no era cómoda. Era simplemente la única opción que no empeoraba las cosas.

Lo que no sé todavía es cuánto aguantarán las puntadas nuevas. Lo veré cuando cargue la mochila de verdad, con todo dentro, y empiece a caminar. Ahora mismo está apoyada en la pared junto a mí, con la correa mirando hacia arriba, y desde aquí parece entera.

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