«¿De dónde eres?», me preguntó el tipo sin aparente razón, justo cuando yo intentaba apretarme la correa de la mochila con el hombro izquierdo para que la tela no abriera más la brecha. La cremallera lateral lleva rota desde hace cinco días y cada vez que me descuido se abre un poco más, esa grieta de tres dedos que ya asumí como parte del equipaje.
Le dije que de España, y asintió con esa familiaridad de quien ha escuchado la respuesta antes y de todas formas le resulta interesante. Estaba montado en una mesita plegable delante de un supermercado de la zona de 104 Street, con un par de docenas de atrapasueños de plástico y unas pulseras de cuerda que se veían bastante baratas, aunque él las exponía con una seriedad que imponía cierto respeto. Cuando vio que me detenía, no porque quisiera comprar nada sino porque el peso de la mochila se había vuelto incómodo y necesitaba reajustarme, agarró una pulsera verde con un nudo central y me la extendió. «Para ti», dijo, y lo dijo como si fuera un asunto administrativo ya resuelto.
Intenté rechazarla. Le expliqué que no llevaba efectivo suficiente encima, que en realidad no la había pedido, que entendía el gesto pero que no quería que nadie regalara nada. Él esperó a que terminara de hablar, la pulsera todavía en el aire entre los dos, y cuando hice una pausa dijo «no es para vender, es para regalar» con un tono que no admitía más argumentación. La acepté. No sé qué otra cosa podría haber hecho.
Me la puse en la muñeca derecha ahí mismo, sin hacerle mucho caso, y seguí caminando. Entré en la cafetería donde tenía pensado pasar la mañana, una que tiene la barra de madera con cicatrices de vasos y años, y la luz interior ámbar que a mediodía se vuelve casi sólida. Me senté con el café, un americano que estaba bien pero no era nada especial, y puse la mochila en el suelo con cuidado de que la brecha quedara contra mi pierna para que nada se cayera. Es el ritual de cada mesa: calcular el ángulo, compensar con la postura, controlar que la tela no ceda más.
Hay algo levemente ridículo en cargar durante semanas con una mochila que se está deshaciendo y no arreglarla porque arreglarla requiere encontrar un sitio de reparación, llevarla, esperar, volver, lo cual en Edmonton siendo viernes de junio con 19 grados fuera parece un mal uso del tiempo disponible. Hace doce días pensé que la dejaría encima de la cama y saldría con solo la chaqueta. No lo hice. La mochila tiene cosas dentro que no quiero perder de vista.
La pulsera verde es de las que no duran mucho, de cuerda fina que se deshilachará en unas semanas con el agua del baño y el uso normal. El tipo lo sabía perfectamente y de todas formas me la dio. Hay algo ligeramente incómodo en ese gesto, no porque sea manipulador sino porque te obliga a recibir sin dar nada a cambio, lo cual no es una posición natural para nadie. Me quedé pensando en eso más rato del que debería mientras el café se enfriaba.
Afuera la tarde de Edmonton en junio no tiene urgencia, esa luz larga del norte que no termina nunca del todo, que todavía a las ocho y media parece sugerir que el día podría continuar si uno quisiera. Tengo que encontrar dónde arreglar la cremallera antes de que la semana que viene haya que mover todo el equipo de nuevo. Lo apunté en el teléfono: «cremallera, preguntar en el hostel». Una nota sin fecha, que es la forma más honesta de decir que todavía no tengo claro cuándo.
Imprescindible en Edmonton, Canadá
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