¿Cuánto tiempo se puede estar parado antes de que deje de llamarse descanso?
Llevo seis días en Edmonton y hoy el sistema de autobuses de la ciudad decidió recordarme quién manda. Quería llegar al valle del río North Saskatchewan antes del mediodía, cuando la luz todavía no aplana todo. La parada en la calle 97 me tenía esperando desde las diez y cuarto. El panel digital anunciaba cuatro minutos, luego tres, luego volvía a cuatro. Estuve ahí veinte minutos de pie con la mochila colgada al hombro, notando que la cremallera del bolsillo lateral había cedido otro centímetro más. Ya van tres de apertura sin que yo haya hecho nada al respecto, lo cual dice bastante sobre cómo están yendo las cosas.
El autobús llegó lleno y tarde, sin explicación visible ni pancarta de disculpas. Me quedé de pie agarrando el pasamanos con una mano y sujetando el bolsillo abierto con la otra para que no se me cayera la batería externa. Edmonton es la clase de ciudad que te hace sentir que el esfuerzo de moverse siempre cuesta un poco más de lo que debería. No lo digo como queja, lo digo como observación de alguien que lleva seis días aquí y ya reconoce el patrón.
El valle aparece de golpe cuando bajas por el sendero desde la calle 109. No hay transición suave: estás en la ciudad, con semáforos y una ferretería y un cartel de una clínica dental, y de pronto el terreno desaparece hacia abajo y el río está ahí, verde grisáceo, ancho, indiferente. Las riberas no tienen pretensiones turísticas. Hay pasto crecido sin cortar, un par de ramas caídas que nadie recogió, barro seco en el camino de tierra. Me gustó precisamente por eso, porque Edmonton no intentó venderme el valle como si fuera un producto. O no había presupuesto para ello, que también es una explicación válida.
Me senté en un tronco que estaba exactamente donde necesitaba estar y estuve un rato mirando el agua. Mañana es el Día Nacional de los Pueblos Indígenas y en los postes del sendero había algunos carteles colgados con cinta adhesiva azul, texto en inglés y en cree, que el viento había empezado a despegar por las esquinas. No los leí completos porque la cinta cedió en el más interesante justo cuando iba por la mitad.
La decisión real del día fue si gastaba lo que me quedaba en comer algo decente o seguía apostando por el supermercado. Con 165 dólares canadienses para lo que queda del mes, la lógica es bastante simple. Fui al supermercado. Compré arroz precocido, un aguacate que estaba en el límite justo entre maduro y arrepentimiento, y una lata de atún. El señor de la caja no me miró en ningún momento, ni al cobrar ni al darme el cambio, con una concentración total en el escáner que casi me pareció admirable.
De vuelta al piso tuve que esperar otro autobús que tampoco llegó a tiempo. En el panel: tres minutos, dos minutos, tres minutos otra vez. El sistema tiene un sentido del humor muy particular. Una mujer con un cochecito de bebé bufó en voz alta y yo asentí sin decir nada porque qué iba a decir.
La cremallera sigue abierta. El atún está en la mochila. Afuera la luz de las seis de la tarde en Edmonton es rara, casi horizontal, hace que los edificios grises parezcan estar hechos de otro material.
Imprescindible en Edmonton, Canadá
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