Ayer, en un té house de Thamel, una guía de trekking llamada Priya Sharma me habló del Annapurna como si fuera una invitación de cumpleaños: que si hay sitio en el grupo, que si la semana que viene sería perfecta, que si los permisos los gestiona ella. Me fui a dormir sin contestarle porque no sabía qué contestar, y esta mañana me he levantado pensando todavía en el número: cuánto costaría exactamente eso de "la semana que viene en el Annapurna".
Así que he cogido el camino que bordea Rani Pokhari y me he dado una vuelta por allí, sin prisa, que es exactamente lo que necesitaba para que los números dejaran de zumbar y empezaran a ordenarse. El ladrillo del camino está gastado de una forma específica, con los bordes redondeados por décadas de suela y de sandalia, y hay tramos donde las baldosas ceden un poco al pisarlas, como si el terreno debajo fuera menos sólido de lo que parece. A la izquierda el estanque sagrado, a la derecha el ruido sordo de Kathmandu pegándose contra los edificios. No hay cobro en la entrada. Esta es la parte del día que no cuesta nada.
Había un hombre sentado en uno de los tramos de pared baja, con una mochila de trekking de las de verdad, de las que pesan vacías, y una hoja de cálculo impresa que estaba marcando con bolígrafo. Lo sé porque lo he visto de cerca al pasar, sin querer. Cuando hemos cruzado mirada me ha preguntado, en un inglés muy cansado, si yo también iba al Annapurna Circuit. He dicho que no lo sabía. Él ha soltado algo así como «nadie sabe lo que cuesta hasta que lleva tres días pagando», y ha vuelto a sus columnas de números. No ha sido una conversación, ha sido más bien una interrupción breve de su trabajo y de mi paseo.
Pero la frase se me ha quedado pegada al paso mientras seguía caminando. Porque llevo haciendo cuentas desde Thamel y el resultado no mejora con la distancia. El presupuesto que me queda es ajustado, muy ajustado, y cualquier semana de alta montaña con guía, permisos, equipo de abrigo que no tengo y alojamiento en tea houses del circuito se come una parte que no puedo recuperar fácilmente. La propuesta de Priya tiene un precio que ella no dijo y que yo no pregunté, lo cual dice algo sobre los dos.
Las banderas de oración sobre el camino están desteñidas en algunos tramos, el naranja convertido en algo más parecido al beige, y una de ellas lleva un nudo en la esquina inferior derecha que alguien hizo en algún momento y ya nadie va a deshacer. Me he parado a mirarlo más tiempo del razonable porque era más fácil que seguir haciendo la misma resta.
El problema real no es si el Annapurna merece la pena. Probablemente sí, en abstracto, en la versión de mí que tiene fondos suficientes y no ha perdido dinero tres veces en los últimos diez días sin terminar de entender bien cómo. El problema es que la versión concreta de mí que está aquí, en este camino de ladrillo gastado, con lo que queda en la cuenta, no puede comprometerse a nada que cueste lo que eso cuesta sin quedarse sin margen para lo que venga después. Y siempre viene algo después.
Le contestaré a Priya. Pero no hoy.
La bandera con el nudo cruje un poco con el viento y vuelve a quedarse quieta.
Imprescindible en Kathmandu, Nepal
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