El minibús a Gonggar salió con dos horas de retraso. Nadie lo anunció. Simplemente no estaba, y el conductor del siguiente, un hombre con una chaqueta de plumas deformada en el hombro derecho, me dijo con un gesto que esperara sin precisar cuánto. Así que he esperado en la gasolinera del cruce, donde vendían tsampa en un bol de plástico y nada más que tsampa, y la he comido fría porque el termo de agua caliente que había sobre el mostrador tenía un cartel que no supe leer y preferí no arriesgarme a que me cobraran aparte.

El vuelo desde Kathmandu ya me había metido en el cuerpo esa sensación de haber hecho algo irreversible demasiado pronto. Aterrizar en Gonggar con el valle del Yarlung Tsangpo abierto debajo y luego quedarte plantado en una gasolinera no es exactamente lo que uno imagina, pero tampoco es del todo sorprendente. Llevo suficientes días en esta parte del mundo para saber que el plan siempre tiene una versión B que nadie te comunica.

Shannan, o al menos el tramo que he pisado esta mañana entre el corredor del aeropuerto y el borde del pueblo, está en un estado extraño de tensión decorativa. Hay banderas por todas partes, colgadas en farolas, en cables entre postes, en las verjas de los edificios administrativos. El primero de octubre está a dos días y se nota. No en la gente, que va a lo suyo, sino en la infraestructura: un control de carretera que ayer seguramente era una caseta vacía hoy tiene dos agentes con chalecos reflectantes y una barrera de plástico naranja. Me han pedido el pasaporte tres veces entre el aeropuerto y el pueblo. La tercera vez, el agente lo ha abierto despacio, ha mirado cada página como si buscara algo concreto, y luego me lo ha devuelto sin decir nada.

Lo que me ha dado que pensar de verdad ha sido la conversación con un hombre que esperaba también en la gasolinera, un trabajador de la construcción con botas llenas de barro seco que hablaba un inglés funcional adquirido, según me contó, trabajando en obras de infraestructura turística cerca de Tsetang. Me ha dicho, sin que yo le preguntara demasiado, que el acceso a Tsetang mismo estos días está restringido a grupos con permiso especial y guía contratado. No desde siempre: desde esta semana. Por las fiestas. El permiso solo, sin el guía, no sirve. Y el guía, según él, tiene una tarifa fija que ha subido bastante de lo que yo había visto en cualquier foro. He hecho el cálculo rápido: lo que me queda no da para eso y para seguir moviéndome después. No da cómodamente, al menos.

Lo que me fastidia no es el gasto en sí. Es que la información llegue así, de lado, de alguien con botas de barro en una gasolinera, cuando llevas semanas leyendo todo lo que puedes leer. En mi sociedad gastronómica de Santa Oliva, cuando alguien descubre que el proveedor de anchoas ha subido el precio, lo dice en el grupo de WhatsApp antes de las nueve de la mañana. Aquí cada dato nuevo cae como si fuera confidencial.

He cogido el minibús cuando por fin ha aparecido. He recorrido el tramo de carretera que bordea los canales de riego, con los álamos en fila y los campos todavía verdes antes de la cosecha, y he llegado al centro de Shannan con tiempo suficiente para caminar un rato por las calles comerciales y comer algo decente en un local donde el arroz venía con verdura que no supe identificar pero que estaba bien. El pueblo es funcional, no especialmente atractivo, con esa mezcla de edificios administrativos recientes y casas más antiguas aplastadas entre ellos que encuentras en muchos sitios del Tíbet que no son Lhasa.

Ahora mismo estoy sentado esperando el regreso. El cálculo de Tsetang sigue ahí sin resolverse, una variable nueva que se suma a las que ya tenía, y no sé todavía qué voy a hacer con ella.

Imprescindible en Shannan (Gonggar), China

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