Esa pregunta me la he hecho tres veces esta mañana antes de salir del sitio donde estoy alojado. No es retórica: es aritmética. Con lo que me ha ido pasando en las últimas dos semanas, entre los tres contratiempos seguidos (hace once días, hace nueve, hace siete) y dos pérdidas que todavía me duelen (hace seis días y hace cinco), el margen se ha estrechado de una forma que ya no puedo ignorar cuando pido algo, cuando cojo un auto-rickshaw, cuando decido si vale la pena moverse.
He cogido un rickshaw hasta Lodhi Colony por un precio que he negociado durante más tiempo del que me habría gustado, porque el primer tipo que se ha parado quería el doble y no tenía ninguna intención de ceder. Al final otro ha frenado, hemos acordado algo razonable, y en el trayecto el motor ha empezado a hacer un ruido que no sonaba bien. El conductor le ha dado un golpe al salpicadero con la palma de la mano, el ruido ha parado, y ha seguido conduciendo como si nada. No me ha preguntado si estaba bien. Yo tampoco le he dicho nada.
Lodhi Colony en septiembre por la mañana tiene una luz que aplana todo: calor húmedo, sombra escasa, el asfalto de Fifth Avenue Road con ese color grisáceo que tienen las calles cuando llevan meses recibiendo sol sin descanso. Los murales están ahí, en las paredes de los bloques de viviendas, y son grandes de verdad, no del tamaño que te esperarías en una calle residencial europea. Uno que ocupa casi toda una fachada: una figura con la cabeza inclinada, colores que van del naranja al azul sin que nadie haya pedido permiso para mezclarlos así. No tengo claro si me gusta o simplemente me parece enorme. Las dos cosas no son lo mismo.
He caminado por Fourth Avenue Road hasta que el sol me ha empujado a buscar sombra debajo de un árbol que no sé cómo se llama pero que tenía unas vainas largas colgando de las ramas. En un tramo, alguien ha pintado en la pared una serie de caras sin contorno, solo color sobre color, y al lado hay una instalación de metal que no entiendo del todo: unos círculos concéntricos soldados a una estructura que parece no estar terminada, o quizás sí está terminada y ese es precisamente el punto. Me he quedado mirándola más tiempo del que tiene sentido porque no había nadie alrededor que me mirara a mí mirándola.
El viaje me gusta como relato, y hoy el relato es este: un tío que calcula si puede permitirse quedarse más rato delante de un mural o si tiene que moverse ya hacia Pandara Market antes de que el precio del menú del mediodía suba por el turno de almuerzo. He ido a Pandara Market porque estaba en el plan y porque necesitaba comer algo que no fuera lo que había cogido de un puesto callejero por la mañana. He pedido un dal makhani y un pan, he mirado la carta dos veces antes de pedir para hacer el cálculo, y el camarero me ha traído también un vaso de agua sin que yo lo pidiera, lo cual en este momento de mi viaje me ha parecido casi un gesto de generosidad desproporcionada.
El rickshaw de vuelta ha tardado en aparecer. He estado de pie en una acera de Chanakya Puri durante un rato que no voy a cuantificar, mirando cómo pasaban los coches, pensando que el día no ha ido mal pero que la fricción no ha desaparecido, solo se ha desplazado. El ruido del motor de esta mañana todavía me suena en algún sitio.
Imprescindible en Nueva Delhi, India
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