He metido el pie izquierdo en un charco con costras de polvo a los tres minutos de entrar al recinto de Hauz Khas. No un charco de agua, sino esa zona de tierra que parece sólida y cede, y que en septiembre huele a algo entre barro y planta podrida. Buen comienzo.

El acceso desde el lado del bosque tiene sentido si no vas buscando señalización, porque no hay ninguna. Hay un camino que discurre paralelo al lago y de repente los árboles abren paso a un muro de piedra gris con arcos ojivales que nadie ha restaurado, lo cual, en mi experiencia con este país, es una suerte. Lo restaurado aquí suele quedarse en lechada blanca encima de siglos. Lo que han dejado quieto tiene ese aspecto de cosa que todavía aguanta por inercia propia, no por intervención.

Las cámaras abovedadas del fuerte del siglo XIV están abiertas, sin puertas, sin carteles de «no pasar». He entrado en tres seguidas. En la segunda había una pareja de palomas en la cornisa, perfectamente quietas y completamente indiferentes. En la tercera, la piedra del suelo tenía una grieta ancha de la que salía una raíz fina, casi blanca, que avanzaba hacia la pared opuesta con esa lentitud geológica que uno detecta sin verla moverse. El techo filtraba luz por dos huecos que no sé si eran ventanas o roturas. El resultado era el mismo: tres columnas de luz atravesando el polvo en suspensión, y una temperatura que bajaba cinco grados respecto al exterior. Me he quedado parado más tiempo del que pensaba.

Fuera, el bosque ha crecido encima del perímetro de las murallas con bastante descaro. Hay bastiones donde los árboles han reventado la argamasa desde abajo y la piedra se sostiene sólo porque los propios troncos la apuntalan. No sé si eso es deterioro o equilibrio. No tengo opinión formada. Lo anoto y sigo.

El café ha sido en Rose Garden, al salir del recinto, porque llevo tres días en Delhi buscando el mejor café de cada zona y me parece un criterio tan válido como cualquier otro para organizar un día. El de hoy ha estado bien. Crema consistente, temperatura correcta, sin ese amargor quemado que convierte el café indio en una experiencia de castigo. La chica que lo ha preparado tenía en el antebrazo izquierdo una mancha de tinta de bolígrafo que le llegaba hasta el codo y no parecía saberlo. Nadie se lo ha dicho. Yo tampoco.

Podría haber cogido un tuk-tuk esta mañana hacia otra parte. Hay listas de sitios en Delhi que llevan meses abiertas en el móvil: el Qutb Minar, la mezquita de Jama Masjid, los mercados de Old Delhi. Hace cuatro días y hace cinco he pagado caro unas pérdidas que prefiero no repasar en voz alta, y antes, hace seis y hace ocho y hace diez, hubo contratiempos de ese tipo que no te arruinan el día pero te lo desgastan. Uno llega a un punto en que moverse por el placer de moverse se vuelve un gasto que no compensa, ni económico ni de otro tipo. Hauz Khas es gratis. El café ha costado doscientas rupias. El trayecto de metro, menos. Es una aritmética que no necesita más explicación.

Lo que no esperaba era que parar en un sitio durante varios días diera esta sensación particular de ir viendo las capas. El primer día Delhi es ruido y caos y desorientación. El tercer día ya identificas cuándo el caos es estructura y cuándo es simplemente entropy. Hoy he reconocido el olor del barrio antes de salir del metro, lo cual es un logro menor, pero es mío.

La raíz blanca seguía avanzando cuando me he ido. Supongo.

Imprescindible en Nueva Delhi, India

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