La cremallera tiene ahora un hueco del ancho de cuatro dedos y esta mañana me faltaba el adaptador de tela que envolvía el enchufe europeo. Lo busqué primero en la mochila, claro, luego en el fondo del catre, luego debajo de la mesilla de noche del hostal, y al final me senté en el borde de la cama con las manos quietas porque ya sabía la respuesta: se cayó por el hueco, en algún momento entre ayer y anteayer, en algún sitio entre aquí y la parada del 7 en Albert Street.

Ayer me pasó algo raro que todavía no sé cómo clasificar. Un tipo en el pasillo del hostal, mayor que yo, con un parka amarillo que no pegaba nada con el calor de finales de junio en las praderas, me preguntó si yo era el que buscaba algo en el suelo cerca de la lavandería. Le dije que sí. Me dijo que él había visto algo caer pero que no lo había recogido. Eso fue todo. No añadió nada más, desapareció por las escaleras y no lo he vuelto a ver. No sé si era una pista útil, una declaración filosófica, o si simplemente no tenía nada mejor que decir a las diez de la mañana. Sigo sin saber qué pensar de ese hombre del parka amarillo.

El caso es que hoy tampoco arreglé la cremallera. Hay una tienda de reparaciones en la zona de 13th Avenue que encontré anotada en un papel hace dos días, pero llegué hasta allí y estaba cerrada, un domingo, claro, como si yo no supiera que los domingos cierran estas cosas. Tardé veinte minutos caminando bajo una luz que aplastaba todo, sin sombra útil en ningún lado, para encontrarme con una persiana metálica y un cartel hecho a mano que decía que volvían el martes. El martes. Guardé el papel con la dirección en el bolsillo exterior de la mochila, que es el único que cierra bien, y di media vuelta.

Hay algo en las praderas de Saskatchewan que no te da tregua visual. Desde casi cualquier punto de la ciudad, si miras al norte o al sur, ves la llanura abierta hasta donde alcanza, y en el horizonte hay una de esas torres de radio o silos de grano que parecen puestos ahí para recordarte que el paisaje no necesita de ti para existir. No lo digo con admiración. Lo digo porque hay algo ligeramente incómodo en un horizonte que no tiene accidentes, que no sube ni baja, que simplemente continúa. En El Vendrell, donde me crié, el horizonte acababa antes de que pudieras aburrirte de él.

Paré en un puesto de comida cerca de Victoria Park para no gastar más de lo que podía permitirme, algo caliente y barato, una sopa de sobre recalentada que sabía exactamente a sobre recalentado. El hombre que la preparó me miró fijo mientras me la cobraba, como si calculara algo, y luego puso los ojos en otro sitio sin decir nada. No me devolvió el cambio exacto pero la diferencia era tan pequeña que no valió la pena abrir la boca.

Al volver al hostal me enteré por el tablón de avisos de la entrada que el Canada Day cae el miércoles. Alguien había pegado un papel con letras de rotulador azul anunciando una barbacoa comunitaria. Nadie había firmado el papel. No sé si eso es optimismo o dejadez organizada.

La cremallera sigue abierta. El adaptador sigue perdido. El martes la tienda abre y yo todavía estaré aquí, que es lo único que sé con certeza esta tarde.

Imprescindible en Regina, Canadá

Este post contiene enlaces de afiliados.