El torniquete de entrada al Museo Jinsha hizo un ruido extraño, como de cremallera atascada, y se quedó quieto. La chica del mostrador me miró sin levantarse. Detrás de mí había una cola de al menos doce personas con el mismo problema: el sistema de lectura de QR había dejado de funcionar, y nadie parecía tener prisa por arreglarlo. Llevaba cuarenta minutos caminando desde la parada del bus con la idea fija de llegar antes de que empezara el calor, y ahora estaba plantado aquí, entre un torniquete mudo y un cartel en chino que probablemente decía algo como "disculpas por los inconvenientes".

No me sorprendió. Hace cuatro días fue el sistema bancario. Hace seis, el bus que no venía. El martes pasado, la llave de la taquilla del albergue. Llevo semanas con la sensación de que algo lleva mi nombre y va rompiendo cosas justo antes de que yo llegue, como si fuera un aviso anticipado. Sesenta yuanes la entrada. Los conté antes de salir porque tengo ochenta en total y no me sobra nada para improvisaciones.

La cola tardó veintisiete minutos en moverse. Un técnico apareció con un tablet, tecleó algo, el torniquete pitó dos veces y cedió. Pagué en efectivo, que es lo que tienes que hacer cuando los lectores QR se mueren, y ya me quedaban veinte yuanes para el resto del día, lo cual es una cifra con la que es difícil no ponerse levemente tenso.

Lo que no esperaba era volver a ver al tipo del patio de ayer.

Ayer lo encontré en el mercado cubierto de Shuangliu, cerca de un puesto de mapo tofu que olía a aceite de chile desde veinte metros. Cruzamos cuatro frases, me explicó algo sobre la ruta al sitio arqueológico, y se fue antes de que yo pudiera preguntarle el nombre. Uno de esos encuentros que se quedan ahí, sin cerrar, como una ventana que dejaste entornada. Hoy estaba en la fila también, tres personas detrás de mí, con la misma chaqueta oscura y una bolsa de tela con el logo de una universidad que no reconocí. Me vio. Asintió. No dijo nada. Yo tampoco.

Jinsha es un sitio raro si llegas con las expectativas equivocadas. El edificio principal es una estructura de cristal y metal que cubre las excavaciones originales, y hay algo en esa arquitectura, ese esfuerzo por proteger el pasado con materiales que en cincuenta años también serán historia, que resulta bastante honesto. Los objetos del período Shu están bajo focos muy bien calibrados: marfil, oro, cerámica. El disco solar de oro es famoso y lo saben, han construido toda la tienda de regalos alrededor de él. El objeto que más me interesó fue uno sin nombre en inglés, una figura de bronce con las rodillas dobladas y los brazos en una posición que ningún cartel explicaba bien. Estuve cinco minutos delante y seguí sin entender qué significaba, lo cual al menos es honesto por parte de la figura.

El tipo de la chaqueta oscura apareció en la sala de cerámica. Se paró cerca, no junto a mí, y en un momento en que la sala se quedó casi vacía dijo en un inglés bastante correcto que había estado buscando una vitrina concreta, la de los artefactos rituales del siglo once antes de nuestra era, y que no la encontraba. Le señalé la planta de arriba porque había visto el indicador. Me dio las gracias. Preguntó si volvía por el mismo camino al mercado. Le dije que posiblemente, aunque no lo sabía del todo. Él asintió otra vez, como si eso fuera suficiente información, y subió por la escalera.

Me quedé con los veinte yuanes en el bolsillo, delante de la figura de rodillas dobladas, pensando que esa es una cifra con la que tampoco puedes comer mucho en Shuangliu si no sabes exactamente adónde ir. Y que quizás él sí lo sabe.

Imprescindible en Chengdu (Shuangliu), China

Este post contiene enlaces de afiliados.