«Vuelvo aquí», le dije ayer a la guía del mercado de Shuangliu después del mapo tofu casero, y lo dije en serio, con esa convicción idiota que se tiene cuando uno acaba de comer algo que no esperaba. Hoy he cumplido la mitad: no he vuelto al mismo sitio, pero he ido al que ella mencionó de pasada, casi sin darle importancia, como si fuera obvio que cualquiera que pasara por Chengdu debería saberlo. Huang San Feipian (黄三飞片), en la calle Guojiaqiao Oeste. «Ahí te van a poner trozos de vaca que no vas a saber ni describir», me dijo. Pues eso he hecho esta mañana: ir a comprobarlo.

Antes he pasado por Mengzhuwan (猛追湾滨河路), porque el río no cobra entrada y eso es exactamente el tipo de argumento que me parece irrefutable cuando llevo semanas viendo cómo se evapora el dinero en cosas que no funcionan como deberían. Sesenta y dos euros. Eso es lo que me queda, y no es un número especialmente cómodo. La decisión ha sido fácil: paso la mañana junto al agua, no entro a nada con taquilla, y luego como algo barato y decente. No es un plan poético, pero es honesto.

El paseo ribereño un jueves por la mañana tiene un ritmo muy concreto: señoras con termos plateados que hacen círculos lentos, algún jubilado que lee en un banco sin mirar nunca el río, y puestos de bocadillos que huelen a aceite caliente desde cincuenta metros. La Torre Panda del Tian Fu (天府熊猫塔) se ve desde la orilla, enorme y algo incongruente, como si alguien hubiera querido pinchar el cielo con un bolígrafo. No he entrado. No era el plan y, aunque lo hubiera sido, el precio de entrada habría terminado con cualquier argumento a favor. La he mirado desde fuera lo suficiente como para confirmar que es grande y que la fotografía desde aquí es mejor que la que sacarías desde dentro mirando hacia afuera.

El verdadero asunto ha sido el Huang San Feipian. He llegado cuando el local todavía olía a vapor de la mañana, he pedido señalando lo que tenía el tipo delante porque mi mandarín no da para más, y me han puesto un cuenco con trozos de morro y lengua de ternera en aceite de guindilla, con un fondo que no era exactamente caldo pero tampoco salsa, algo intermedio que no sé nombrar. El mostrador tenía una grieta larga que alguien había rellenado con cinta adhesiva de color beige. He comido de pie porque no había ningún sitio libre y porque tampoco parecía el tipo de sitio donde nadie se queda mucho tiempo sentado. Doce yuanes. Menos de dos euros. La guía tenía razón en lo de la descripción: no tengo palabras concretas para lo que he comido, pero sé que cuando he acabado el cuenco me he quedado mirando el fondo unos segundos de más.

Lo que me molesta un poco, si soy honesto, es que la recomendación funcionara tan bien. No porque no me alegrara de ir, sino porque ahora tengo una deuda narrativa con una persona que no está aquí para cobrarla y que probablemente no recuerde haberla contraído. Así van estas cosas. Uno llega a un sitio, alguien dice algo de pasada, y resulta que era lo más útil que ibas a escuchar en días.

He vuelto al río por la tarde, cuando la luz ya caía de costado sobre el agua y los puestos empezaban a recoger. Un niño estaba intentando volar una cometa sin viento suficiente, corriendo en paralelo al río con una determinación que no llevaba a ningún sitio visible. El hilo de la cometa, flojo.

Imprescindible en Chengdu (Shuangliu), China

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