Mei Longfang me había escrito ayer con una simpleza que me desarmó: «Desayuno dim sum mañana, cerca del mercado, ¿te apuntas?». Me apunté. Así que esta mañana he salido con el estómago vacío y las expectativas calibradas, porque el dim sum que prometen siempre es mejor que el dim sum que dan, eso ya lo sé. Pero he llegado al sitio que me indicó, un local pequeño sin nombre visible desde la calle, y los har gow estaban bien. Más que bien, en realidad: la masa tenía ese grosor exacto que se rompe sin resistencia, y el relleno no era aguado. No voy a exagerar. Pero estaban bien.
Mei Longfang habla un inglés funcional y yo chapurreo un mandarín de emergencia que sirve para pedir la cuenta y poco más. También sé cuatro palabras en cantonés, que aquí no sirven para nada. Así que hemos combinado los dos idiomas sin orden y con bastante paciencia mutua, y la conversación ha fluido rara pero sin interrupciones graves. Me ha explicado que trabaja en logística, que vive en Shuangliu desde que era pequeña, y que el mercado cerca del que hemos desayunado huele peor en verano. Lo ha dicho con una naturalidad que me ha parecido la cosa más honesta que me han contado en días.
He vuelto al barrio por la tarde, esta vez por la calle Sanwayao, que no es ningún destino turístico y eso se nota. Los carteles están en chino sin traducción ni concesión, los negocios en los bajos van de reparación de móviles a almacenes de plástico que no sé qué hacen exactamente, y entre medias hay un par de pequeños locales de comida con las sillas de plástico naranja apiladas fuera. No hay nada pensado para quien no vive aquí, lo cual es un alivio considerable después de semanas en las que cada calle parecía estar en trámites de convertirse en algo instagrameable.
El Li Ji lo he encontrado sin dificultad porque hay humo y hay gente esperando fuera y eso en cualquier ciudad del mundo significa que algo se está haciendo bien. He pedido tripa de ternera, tofu y algunas verduras, y el caldo era rojo y profundo y olía a algo que no sabría identificar con precisión pero que claramente requería trabajo. La tripa estaba bien cocinada, sin esa textura de goma que arruina el plato cuando no saben lo que hacen. He comido demasiado, lo cual era el plan desde el principio, porque las últimas semanas han sido bastante ásperas y el cuerpo agradece los ritos de compensación sencillos.
Porque sí, las últimas semanas han tenido su parte de fricción: contratiempos varios, un par de situaciones donde algo falló sin aviso y tuve que resolver, gastos que no estaban en el guion. No voy a hacer inventario. Pero hay cierto peso acumulado que no desaparece de golpe por un cuenco de caldo picante, aunque ayuda más de lo que uno quisiera admitir. Lo que me queda en el bolsillo está ajustado. Comer en la calle Sanwayao es una elección práctica, no una pose, y me alegra que el resultado haya sido este.
He salido cuando ya anochecía y los carteles luminosos de los locales encendían la acera con ese amarillo anaranjado que tiene el neón barato. Un señor mayor estaba sentado en un taburete fuera de su tienda, mirando la calle sin hacer nada en particular, con la calma de alguien que lleva décadas practicando exactamente eso. Le he mirado un momento de más y él no ha parpadeado. La tripa me pesaba en el estómago, bien.
Imprescindible en Chengdu (Shuangliu), China
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