La costura lateral de la mochila se fue esta mañana, sin aviso, con un sonido seco y breve que no parece proporcional al desastre que representa. Estaba cruzando Worth Street, cerca de Foley Square, cuando sentí que algo cambiaba en el peso sobre el hombro izquierdo, y al bajar la mochila al suelo vi el costado abierto como una herida vieja que por fin se cansa de aguantar. La funda de la cámara estaba en el suelo, entre mis pies. Miré alrededor como si alguien hubiera sido testigo y fuera a decirme qué hacer. Nadie miraba.

Me quedé parado frente al juzgado federal, con la mochila rota en la mano y la funda recuperada, y no me moví durante varios minutos. No es que no tuviera adónde ir; es que de repente no tenía ninguna razón de peso para ir a ningún sitio. Llevar algo seis semanas solo para que se rompa el día siete en Nueva York tiene una lógica que no quiero terminar de entender.

Esto, además, no es la primera vez en días que algo falla. Ayer hubo otro contratiempo, el tipo que ya no necesito describir porque lo reconozco antes de que termine, y antes de eso una cadena de problemas que empezaron hace treinta y siete días y no han dejado de sucederse con una puntualidad bastante irritante. No son coincidencias ya. Es un patrón, y el patrón ya tiene nombre aunque no quiera dárselo.

Decidí quedarme en Foley Square en vez de seguir hacia ninguna parte. Hay unos escalones frente a los tribunales donde la gente se sienta a comer, a esperar, a mirar los pichones pelear por un trozo de pan que ninguno va a terminar comiendo entero. Me senté ahí. Tenía una bolsa de plástico que encontré en el fondo de la mochila rota y metí dentro la funda, la tela suelta, los hilos que colgaban del costado. No costura de campo, no solución provisional con cinta americana. Solo guardar el desastre en otra cosa y seguir sentado.

El sol de julio en esta plaza no tiene ninguna consideración. No hay sombra útil hasta pasadas las once y media, y para entonces yo ya llevaba cuarenta minutos ahí, con el cuello caliente y una botella de agua que no era suficiente. Un señor de traje gris salió del edificio de enfrente, se paró en el último escalón, sacó el teléfono y lo miró durante diez segundos exactos sin marcar ningún número, y luego volvió a entrar. No sé qué buscaba. Tampoco sé qué buscaba yo, pero al menos yo me quedé afuera.

Eso es lo que hice hoy: quedarme afuera. No como estrategia ni como ejercicio de paciencia, sino porque moverme implicaba gastar lo que no tengo y resolver lo que no tiene solución rápida. La mochila va a seguir rota hasta que encuentre hilo resistente o encuentre otra bolsa que no apeste a comida de tres semanas. El sol iba a seguir pegando igual. Foley Square seguía siendo un espacio que no termina de decidir si es plaza o paso de peatones, con esas columnas neoclásicas que nadie mira y ese árbol en el centro que está demasiado bien podado para parecer de verdad.

Me quedé hasta que la sombra llegó donde yo estaba. Después recogí la bolsa de plástico con los restos de la costura, me colgué la mochila del hombro bueno, y fui hacia Worth Street sin un destino concreto, solo siguiendo la dirección donde había más sombra. La mochila pesaba lo mismo que antes. El costado seguía abierto.

Imprescindible en Nueva York, Estados Unidos

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