La cremallera del compartimento secundario cedió hace dos días, y esta mañana fue la costura lateral, esa que va desde la base hasta el hombrillo y que yo juraba que aguantaría al menos hasta el otoño. No aguantó. La tela de cordura naranja que asoma por el desgarro tiene un color que en otro contexto sería casi alegre, pero aquí, en Worth Street, con el sol picando a las nueve de la mañana sobre el asfalto mojado de la madrugada anterior, tiene más el aspecto de una herida que de nada celebrable.

Me quedé parado frente a un edificio de la época en que estos bloques de Manhattan todavía fabricaban cosas, mirando la costura abierta y calculando cuánto podía resistir si metía los dedos y la tensaba hacia adentro. No mucho. Hay una ferretería en Chambers Street que vende precintas industriales, de esas de color gris metalizado que usan los técnicos de audio para arreglar cables, pero entrar y comprar algo estaba descartado por motivos que ya no requieren explicación. Así que aproveché dos minutos de pie en la acera para doblar el borde roto hacia dentro y apretarlo contra la estructura interna de la mochila, una solución que durará exactamente lo que dure, y seguí caminando.

El retraso vino después, aunque la verdad es que la palabra retraso ya no me dice demasiado. Ayer también hubo uno, y anteayer también, y hace diecisiete días, y hace diecinueve, y si tuviera que buscar un patrón diría que el patrón soy yo, que sigo aquí cuando la lógica del mapa dice que tendría que haber estado en otro sitio hace semanas. El de hoy fue en la parada del 4/5/6, en Fulton Street, donde el andén olía a bolsas de plástico derretidas y un pitido de emergencia sonó durante cuatro minutos continuos sin que nadie pareciera registrarlo siquiera. La gente pasaba, los trajes de verano ligeros, las zapatillas sin calcetines, los cascos que aislan del mundo con una eficiencia que envidio. Cuando el tren apareció iba tan cargado que las puertas tardaron en cerrarse y yo me quedé en el andén, no exactamente empujado pero sí desplazado, lo cual es una variante más suave del mismo resultado.

Subí por las escaleras de vuelta a la superficie y tomé Worth Street hacia el este, que es lo que hago cuando no hay nada concreto que esperar. Hay algo en ese corredor que funciona, no por belleza sino porque te obliga a mirar arriba: los edificios de hierro fundido con sus fachadas de cuadrícula, las ventanas que reflejan el cielo blanco de julio, y abajo las bodegas con sus letreros escritos a mano en rotulador negro sobre cartón, mango 2x$1, plátano maduro, agua fría. Yo soy socio de una sociedad gastronómica en Santa Oliva, un dato que aquí no sirve absolutamente para nada pero que me aparece en la cabeza cuando paso por delante de esos escaparates llenos de latas de frijoles y pan de molde industrial, el mismo reflejo que tenemos en casa de calcular si lo que ves es comida o simplemente calorías de urgencia.

Un trabajador del tribunal de Foley Square comía un sándwich de pie junto a la fuente, sin mirar el teléfono, lo cual me resultó tan raro que me quedé más tiempo del necesario cerca de esa zona. El sándwich era de esos de plástico transparente que venden en los carros metálicos, y él lo comía con la eficiencia de alguien que lleva haciéndolo veinte años, sin aprecio y sin disgusto.

La costura aguantó todo el día. Por ahora.

Imprescindible en Nueva York, Estados Unidos

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