¿Cuánto puede aguantar una mochila antes de dejar de ser una mochila y convertirse simplemente en un problema que cargas a la espalda?

La pregunta me la hice esta mañana cuando la costura lateral izquierda cedió del todo. No de golpe, no con un desgarro dramático, sino con ese sonido discreto que hacen las cosas cuando llevan semanas avisando y tú llevas semanas ignorándolas. La cinta naranja del cordura interior quedó expuesta, una franja de cuatro o cinco centímetros que asom por el flanco como algo que no debería verse. Ya había pasado con la costura derecha anteayer. Ahora los dos lados. La mochila sigue en pie, técnicamente, pero tiene el aspecto de algo que ha perdido la argumentación.

No tengo con qué arreglarla. Esto no es una forma de hablar ni un recurso narrativo: no tengo absolutamente nada para pagarle a nadie que cosa tela. Así que la posibilidad de reparar la costura existe en algún lugar de Manhattan (sé que existe, he pasado por un sitio en la calle 38 que tiene máquinas de coser en el escaparate), pero no para mí, no hoy. La mochila seguirá así. El cordura naranja seguirá asomando. Cada vez que la subo al hombro noto el desequilibrio estructural, como si la tela cediera un poco más en cada intento.

Ayer, en la zona de Foley Square, había una mujer esperando frente al edificio de los tribunales con una bolsa de la compra en la mano y una expresión que no era de espera sino de cálculo. Me cruzó la mirada exactamente el tiempo necesario para que yo me preguntara si la había visto antes en algún otro contexto, en otro día, en otro barrio. No llegué a saberlo. Esta mañana volví a pasar por allí, porque la ruta desde donde duermo hasta el río cruza esa plaza de todas formas, y no había nadie. La bolsa de plástico y la expresión de cálculo, desaparecidas. No hay hilo que seguir.

El problema de hoy, el concreto y sin metáforas, fue que la línea A no se movió durante cuarenta minutos en Fulton Street. Sin aviso en los paneles, sin explicación del conductor por megafonía, con el andén llenándose poco a poco de gente que miraba el túnel como si mirarlo fuera a acelerar algo. Un hombre con maletín verde y corbata azul marino sacó el teléfono, llamó a alguien, dijo «no, todavía no», volvió a guardar el teléfono, repitió el ciclo tres veces exactas. Conté las repeticiones porque no tenía nada mejor que hacer. Al final subí a la calle y fui a pie hasta el muelle del río Hudson, que era adonde iba, y tardé el doble.

El Hudson, visto desde los muelles del Lower Manhattan cuando el cielo está encapotado y la luz es plana y sin sombras, tiene algo que me cuesta definir sin sonar pretencioso. Lo intento de otra forma: el agua estaba gris verdosa, el cemento del muelle tenía manchas de óxido que bajaban desde los anclajes de metal, y en la distancia los edificios de Jersey City flotaban en una bruma fina. Nada de eso era bonito en el sentido convencional. Pero tampoco era feo. Era simplemente lo que había, sin esfuerzo de presentación, y agradecí eso.

Llevaba la mochila apoyada en el suelo, a mis pies, con el cordura naranja mirando hacia arriba. Nadie prestó atención. En esta ciudad la gente tiene mucha práctica en no prestar atención a las cosas que se están deteriorando en silencio, que es una habilidad que admiro y que a veces me parece lo único sensato.

Imprescindible en Nueva York, Estados Unidos

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